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martes, 28 de febrero de 2012

Peter Häberle en Lima

Peter Häberle en Limapor Domingo García Belaunde
A Peter Häberle lo conocí a mediados de 1992, en Santa María de La Rábida, en la Universidad del mismo nombre, cabe al monasterio franciscano donde Colón encontró apoyo y refugio antes de su expedición al Nuevo Mundo. El motivo era un curso de verano que organizó Pedro Cruz Villalón, catedrático de la Universidad de Sevilla entonces, y más tarde magistrado y Presidente del Tribunal Constitucional español. Fueron breves días, pero intensos, en los cuales coincidí con Häberle diariamente, pues nuestras habitaciones estaban frente a frente, y sobre todo, porque nos veíamos en los desayunos. Él era persona a quien ya conocía de referencia, y que venía precedido por la fama de ser una de las mejores cabezas del Derecho Público en Europa. Era más bien de contextura delgada, alto, muy blanco, profundos ojos pardos, con un negro mechón de pelo que le caía sobre la frente, pero con una mirada bondadosa y atrayente que hizo que rápidamente hiciéramos simpatías, no obstante lo poco que hablamos en esos días. Nos entendimos en inglés y cruzamos tarjetas con direcciones. Nos despedimos pensando que quizá era la última vez que nos veíamos.
Pero no fue así. Luego iniciamos un diálogo epistolar, espaciado pero constante, y dos años después planeamos traerlo de visita a Bogotá, invitado por la Universidad Externado de Colombia, pues Carlos Restrepo Piedrahita, entonces al frente del Departamento de Derecho Público de esa Universidad, y germanófilo impenitente, lo conocía perfectamente a través de sus obras. Restrepo, con quien mantuve siempre una buena amistad, había sido embajador de Colombia en Alemania, y me mantenía al día de las mejores producciones alemanas en materia constitucional. Conocía, pues, al que él llamaba entonces el "maestro de Bayreuth" y se pasaba largas horas comentando-tanto en Bogotá, como en Italia o en México, en donde coincidíamos-sus visitas a Carl Schmitt, poco antes de que éste falleciese.
Lo cierto es que Häberle no se animó a ir a Bogotá. Tiempo después, mi antiguo discípulo y cordial amigo César Landa, decidió ir a Bayreuth a hacer unas investigaciones con Häberle y le extendí una carta de presentación. Luego viajé a Alemania (1998) en un intercambio de profesores de nuestra Universidad Católica con la Universidad Libre de Berlin, y tuve ocasión no sólo de ver los restos del famoso Muro derruido, sino de cruzar media Alemania en tren para visitar a Häberle, en la pequeña pero hermosa Bayreuth, guiado por la mano generosa de Häberle y de su talentoso discípulo, Markus Kotzur. Visita breve, pero inolvidable, a la que ya he hecho referencia en otro lugar, y que no es del caso reiterar aquí.
Y así, sin quererlo, fui el introductor de Häberle en América Latina (como lo fue López Pina en España) y se inició la publicación de sus libros entre nosotros, el primero fue "La libertad fundamental en el Estado constitucional" a cargo del Fondo Editorial de la Pontificia Universidad Católica en 1997, al cual siguieron otros más. Años después, entró en contacto con las autoridades del Instituto de Investigaciones Jurídicas de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), y accedió a viajar a ese país en febrero de 2004. Häberle me escribió que pensaba que sería propicia la oportunidad para viajar al Perú, tan lejano para él, y fue así que yo arreglé aquí su visita, con el apoyo de los colegas constitucionalistas del área. Marcial Rubio, jurista de nota y buen amigo, nos apoyó grandemente para obtener el doctorado Honoris Causa para nuestro ilustre visitante, pero yo advertí a Häberle que el mes de febrero en Lima era malo para cualquier actividad académica. Aquí, al revés que en Europa, los meses de enero, febrero y marzo son de intenso calor y pleno verano, por encima de los 30 grados centígrados, y además, no hay clases y por cierto, las universidades están vacías, pues la gente sale de la ciudad para ir a las playas. Y la administración pública y los poderes del Estado reducen sus actividades al mínimo. No era, pues, un marco propicio para recibirlo, pero Häberle no tenía otra fecha disponible y por eso fue que nos preparamos para su visita.
Lo acompañaba en su viaje su discípulo Markus Kotzur, quien rápidamente supo ganarse la simpatía de los colegas peruanos, y llegó a Lima el sábado 14 de febrero de este año en horas de la noche. Fuimos a recibirlo al aeropuerto internacional "Jorge Chávez" César Landa y yo, para ubicar a un viajero ilustre que venía por primera vez y de noche a una ciudad que no conocía. Häberle estuvo feliz de estar entre nosotros (venía de un previo encuentro académico en México) y rápidamente lo alojamos en el Hotel Sonesta, en pleno bosque olivar de San Isidro, zona tranquila y agradable de la ciudad. Pasó una semana entre nosotros y prefirió no moverse de Lima, pues quería conocer el centro histórico, en especial, la Plaza Mayor y la Catedral, cuya primera piedra puso Pizarro en 1535. La Asociación Peruana de Derecho Constitucional, quien con toda honra lo cuenta entre sus miembros, le entregó un libro suyo publicado aquí con este título: "Nueve ensayos constitucionales y una lección jubilar". En días sucesivos, aparte de hacer algo de turismo y de compras artesanales, fue recibido por el pleno del Tribunal Constitucional, dedicó parte de su tiempo a un grupo de estudiantes, que acaba de publicarle una larga entrevista (aquí, en la Facultad de Derecho de la Universidad Católica, existen cuatro revistas jurídicas estudiantiles, que a diferencia de las norteamericanas, son editadas y financiadas por ellos mismos, sin apoyo alguno y sin interferencia ni relación con las autoridades de la Facultad, que edita otra revista). En otro momento, recibió a un grupo de profesores de Derecho Constitucional especialmente convocados (más de treinta en total, algunos de los cuales inclusive vinieron de provincias.....). Y con un grupo de ellos, tuve el placer de agasajarlo en mi propio departamento, en donde Häberle nos deleitó con diversas composiciones tocadas por él al piano...
El acto central fue, sin lugar a dudas, la imposición del doctorado Honoris Causa de la Pontificia Universidad Católica del Perú, que estuvo presidido por el rector Salomón Lerner.Por esas cosas del destino, la ceremonia se realizó casi en privado, pues la Universidad había declarado día de duelo por el sensible y repentino fallecimiento de la esposa de nuestro querido vicerrector Marcial Rubio. Ceremonia privada, pero con toda la solemnidad del caso, en donde incluso se distribuyó un folleto con el texto que preparó Häberle para esa memorable ocasión...
Finalmente, y con el propósito de lograr un descanso fuera del ruido académico, invité a Häberle, conjuntamente con Markus Kotzur, a pasar el día en el Club Regatas "Lima", al pie del mar, donde paseamos y contemplanos la bahía limeña que desde ahí se admira de extremo a extremo (desde Chorrillos hasta el Callao), y en donde el mar revienta sus olas sobre los espigones que separan las aguas. Y almorzamos en pleno ambiente marino. Fue un día de sol radiante, para quien precisamente vive en una ciudad alejada del mar... La conversación de Häberle fue, como era de esperar, interesante, amena, preocupado por todo, y lamentando, eso sí, pues me lo repitió varias veces, no haber podido venir antes al Perú. Pienso que quedó gratamente impresionado con nuestro país.
La semana que pasó aquí en Lima, fue, sin lugar a dudas, inolvidable. Por lo menos, así lo fue para nosotros.
Lima, junio de 2004