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miércoles, 29 de febrero de 2012

EL MAESTRO GUILLERMO A. BORDA

EL MAESTRO GUILLERMO A. BORDA

Carlos FERNÁNDEZ SESSAREGO



“Estará entre nosotros tu memoria, como
en los más hondos ríos la luz de las estrellas”

Juan Ríos


SUMARIO: 1. ¿ El amigo ausente ?.- 2. El amigo de siempre, para siempre.- 3. El hombre.- 4. El reconocimiento y el respeto de sus contemporáneos.- 5. El entusiasmo, virtud divina.- 6. El apetente viajero.- 7. El humano puente entre dos pueblos hermanos.- 8. El maestro, el jurista, el tratadista.- 9. El humanista.- 10. San Bartolo, emblema familiar.- 11. El probo y docto magistrado.- 12. El reformador del Código de Vélez Sársfield.


1. ¿ EL AMIGO AUSENTE ?

El timbre del teléfono me sacudió, de una manera inusual, aquella mañana limeña, gris y lluviosa, de fines de julio del 2002. La aciaga noticia me llegó de Buenos Aires. Nuestro querido y admirado amigo, el maestro Guillermo A. Borda, había fallecido. La dolida voz de uno de sus hijos me comunicó la infausta nueva. Experimenté una extraña conmoción anímica que me sumió en una depresión, para mí hasta entonces desconocida, que me costó remontar. Aunque el delicado estado de salud del eminente jurista argentino y latinoamericano no era alentador en los días precedentes a su transitoria desaparición, la noticia me produjo, a la par que una explicable honda tristeza, la sensación de un vacío existencial. Todos deseamos, tal vez egoístamente, que ciertos seres humanos, como Guillermo A. Borda, permanezcan actuando en este mundo para disfrutar de su magisterio, para sentir la estimulante compañía de un hombre bueno, para seguir contando con una paradigmática presencia.

Perder a un amigo querido no sólo genera en el ser humano un profundo dolor, una honda aflicción, sino que este hecho, aunque a veces esperado por ineludible, nos desconcierta. Nos enfrentamos a una indeseada realidad que algunas veces nos resistimos a admitir. No toleramos la idea de que no veremos más en esta tierra la figura docta y apacible del maestro Borda, de ese amigo por quien sentimos especial afecto. Afecto que surgió, espontáneo, desde el primer día en que tuve el privilegio de conocerle en persona, de apreciar sus calidades de ser humano y de jurista. Afecto que fue creciendo a través del tiempo. La ausencia física, la partida del amigo, es una dura experiencia. Significa, entre muchas otras sensaciones, el perder la ilusión, siempre viva en nosotros, de volver a dialogar con un lúcido amigo, con una extraordinaria razonable persona, con un ser intrínsecamente afectuoso, con un hombre bueno, docto y sencillo.

La muerte de un ser al que tuvimos espiritualmente cerca y permanentemente presente nos afecta y nos hace pensar, siempre y necesariamente, en cuestiones referidas al destino del ser humano, a lo efímero de nuestra existencia, a la importancia de haber tenido el privilegio de haber servido, en alguna medida, a los demás durante nuestro volátil tránsito existencial. La muerte del amigo nos enfrenta necesariamente al insondable más allá, renovando nuestra esperanza de eternidad. Nos hace reflexionar, así mismo, sobre el mensaje que deja un ser humano cuando abandona este precario mundo, cuando se ausenta de esta temporal residencia terrena. Por ello, era inevitable pensar sobre el significado de la auténtica herencia espiritual que queda como huella cuando desaparece de nuestros ojos un ser de la calidad humana de Guillermo A. Borda. Esa herencia espiritual la cual, a diferencia de aquella material, casi siempre no suscita discrepancias entre los sucesores. La que nos ha dejado el maestro Borda es opima, óptima, cuantiosa, apreciable. Los que tuvimos la fortuna de tratarlo en inolvidables veladas, todos los que lo conocieron y los que oyeron hablar de él, damos fe de ello. Su huella es, por ello, señera.

En estos últimos días, recordando y pensando en el amigo lejano, me he preguntado, una y otra vez, si Guillermo A. Borda está ausente. En el lenguaje coloquial, en el de todos los días, la persona ausente es la que está separada de nosotros, que se halla en otro lugar que conocemos, de la que podemos tener o no tener noticias. Jurídicamente, en cambio, el ausente es el que no se encuentra en el lugar en el cual reside y de quien no tenemos ninguna noticia, ni directa ni indirecta, de su paradero. La ausencia de Guillermo, en este sentido, no tiene nada de jurídica, pues si bien sabemos que no está más entre nosotros, instalado en este tiempo cósmico, en cambio sí conocemos donde se encuentra pues tenemos noticias indirectas de él.

Para tener noticias del paradero actual del maestro Borda tenemos que releer una de las evangélicas y hermosas bienaventuranzas, las que alimentan nuestra esperanza y renuevan nuestra fe en la justicia, en el amor. Una de ellas nos hace intuir, precisamente, el probable paraje donde ahora se encuentra el maestro. Nos referimos al privilegiado tiempo eterno en el cual él debe residir. Guillermo A. Borda, por haber sido “limpio de corazón”, es un bienaventurado que, como está escrito, “verá a Dios”. Dichoso él que está en un envidiable lugar, más allá del tiempo terrenal, en el tiempo eterno en el que esperanzados aspiramos residir. Su tiempo existencial no se agotó con su muerte física, con la destrucción de su envoltura psicosomática. Su espíritu perdura en el incógnito e insondable “más allá” de nuestras creencias, aunque sigue vibrando entre nosotros.

Lástima que, a pesar que lo dicho, que por un lado nos alegra y reconforta, para los que quedamos aún instalados en este tiempo cósmico la ausencia del maestro será siempre sentida, aunque el ánimo de sus amigos sea ahora más sereno que el de aquella mañana limeña en que nos llegó, de improviso, la noticia de la desaparición del maestro querido.


2. EL AMIGO DE SIEMPRE, PARA SIEMPRE

Desde hace varias décadas el nombre de Guillermo A. Borda me fue familiar. Cuando recién me inicié como un joven profesor de las Universidades de San Marcos y de la Católica de Lima, tuve la oportunidad de apreciar sus valiosas obras jurídicas las mismas que, a menudo, consultaba en la por aquel entonces, bien dotada Biblioteca de la Facultad de Derecho de la primera de aquellas universidades que contaba con la dirección del severo y exigente maestro Manuel G. Abastos. Pasaba en su recinto muchas horas revisando con la avidez y el tiempo, que ahora añoro, libros y artículos de revistas. Ello respondía no sólo a una natural y comprensible curiosidad de un apetente joven profesional por ampliar sus conocimientos apenas egresado de las aulas universitarias. Existía otra importante motivación. El Decano de la Facultad de Derecho de San Marcos, Emilio F. Valverde, me había designado en 1951 Asistente ad honorem del Director de Tesis, cargo que desempeñaba en aquel entonces el destacado profesor sanmarquino Jorge Eugenio Castañeda. Por ello, la facilidad de avecindarme a la obra del maestro Borda, antes de conocerle personalmente, me convirtió en un admirador del talento y sabiduría que trasuntaban las meditadas páginas de sus numerosos y valiosos trabajos jurídicos, plenos de hondura y sapiencia. De ahí que naciera en mí un explicable deseo de conocerle para valorar, al lado de aquella indiscutible valía intelectual - que fácilmente había percibido al leer y repasar sus libros-, su calidad humana.

Fueron muchos los años que transcurrieron, desde este primer indirecto encuentro con Guillermo A. Borda a través de sus libros, antes que se presentara la oportunidad de invitarle a visitar Lima para participar en un Congreso Internacional de Derecho Civil que me encomendara organizar el Colegio de Abogados de Lima. Corría, bien lo recuerdo, el año de 1988. Fue en esta ocasión cuando recién pude satisfacer a plenitud esa antigua y explicable curiosidad por conocerle personalmente no sólo para comprender mejor al jurista, que ya admiraba, sino al hombre, al ser humano, que había producido tan vasta como calificada obra jurídica. Debo testimoniar que, desde el instante en que por primera vez le estreché la mano, tuve la intuición de encontrarme ante una extraordinaria personalidad. Su sencillez, su afabilidad, características naturales de quien es una personalidad intrínseca y realmente importante, me impresionaron a primera vista. Esta primigenia impresión se convertiría, con el transcurso del tiempo, en una arraigada convicción. Borda fue, efectivamente, un hombre importante, humanamente valioso.

Aquel Congreso Internacional de 1988, como ya había ocurrido en precedencia con el certamen que en 1985 organizara el Centro de Investigación de la Facultad de Derecho de la Universidad de Lima, para reflexionar sobre el Código civil peruano promulgado el año anterior, constituyó una inolvidable fiesta intelectual de primera magnitud. Al lado del eminente maestro Borda, cuya presencia estelar atrajo la atención de los participantes en aquel evento, descubrimos la valía de varios otros juristas que nos honraron con su presencia y su amistad. En aquel año nos visitó una pléyade de ilustres y recordados maestros argentinos como Jorge Mosset Iturraspe, Atilio Aníbal Alterini, Aída Kemelmajer de Carlucci, Eduardo Zannoni, Santos Cifuentes, Luis Moisset de Espanés. A ellos se sumaron hombres de derecho de otras latitudes como Luis Díez-Picazo, de España, Francesco D. Busnelli, de Italia, Rubens Limongi França, del Brasil, Fernando Fueyo Laneri, de Chile, Jorge Peirano Facio, del Uruguay, entre otros destacados civilistas de dos continentes. Con ellos compartimos gratos e inolvidables momentos de solaz espiritual, de recíproco enriquecimiento de nuestra cultura jurídica, de cálido compañerismo que se prolonga a través de los años.

Fue, con ocasión del citado Congreso Internacional de 1988, que se selló mi indestructible amistad con Guillermo A. Borda. Por ahora espero, esperanzado, un feliz reencuentro en el tiempo eterno para continuar nuestro inesperado interrumpido diálogo que no empañó el tiempo cósmico ni la distancia física. Mantuvimos, desde aquella ocasión, una sostenida comunicación epistolar que contribuyó a impedir que el tiempo erosionara o empalideciera aquella naciente amistad. Ella nunca se marchitó. Por el contrario, se mantuvo fresca, lozana, afectuosa. Mis frecuentes visitas a la Argentina y los viajes de Guillermo al Perú la renovaron constantemente.

La amistad con el maestro se extendió prontamente a toda su ejemplar y unida familia. Entablamos con su esposa, nuestra querida Beba, y con sus hijos una afectuosa relación amical. El hogar de los Borda, en la calle Parera de Buenos Aires, nos abrió generosamente sus puertas y en él transcurrieron en compañía del maestro, y a menudo de su familia, momentos de solaz, de recíproco enriquecimiento personal, de sostenida, amena y chispeante charla, en la que se trataban los más dispares temas entre los que no faltaban, aparte de los jurídico, los ideológicos, los económicos y los políticos. Esa relación de amistad se prolonga en el tiempo a través de su esposa, de sus hijos y colegas, los profesores Guillermo Julio y Alejandro Borda, en quienes permanecerá y en quienes reconoceré, siempre vivo, el recuerdo de su preclaro progenitor.

Recuerdo muchos gestos de amistad que brotaron del generoso espíritu de Guillermo. No podré olvidar, así, las palabras que pronunciara con oportunidad de mi incorporación como Miembro Correspondiente de la Academia Nacional de Derecho y Ciencias Sociales de Buenos Aires. Tampoco se borrará de mi memoria su grata presencia y sus sentidas palabras en el cálido e inolvidable acto por el cual también se me honró al designárseme Profesor Honorario de la Universidad Nacional de Buenos Aires (UBA). Guardo, además, como un precioso tesoro el no menos generoso prólogo con que presentó, en 1992, la primera edición de mi libro Abuso del derecho, editado por la Editorial Astrea de la ciudad de Buenos Aires.


3. EL HOMBRE

El Congreso de 1988 constituyó la primera ocasión que Borda visitó nuestro país. En las jornadas del certamen, no obstante el intenso trabajo intelectual que desplegamos, se presentó la feliz posibilidad de compartir con el maestro Borda frecuentes ratos libres, sobre todo a las horas del almuerzo, la cena o alrededor de una mesa bebiendo un coloquial café. Fueron en estas oportunidades en las que me acerqué al maestro para conversar, para escucharle, para cambiar impresiones, para descubrir al hombre que se encontraba detrás de tan fecundo autor. Recuerdo que su disertación sobre “las tendencias actuales del derecho de propiedad” cautivó al abigarrado público que colmó no sólo el amplio auditorio del Colegio de Abogados de Lima sino también una improvisada carpa que hubo que instalar en la zona de estacionamiento del recinto gremial. La figura de Borda se perfiló en esta ocasión como la de un jurista de vanguardia, abierto al diálogo, dotado de fina sensibilidad social. Escuchar la brillante intervención del maestro Borda redobló en mí ese antiguo aprecio surgido de la lectura de sus valiosos libros.

Descubrí en Guillermo Borda, aparte de un eximio jurista como hay pocos, a un hombre sabio, no sólo en materia de Derecho, sino también en cuestiones de la vida. Su experiencia, su sensatez, su prudencia, su capacidad de observación, de análisis y de diálogo, su sensibilidad, su actitud de apertura hacia los demás, su bonhomía y generosidad, su natural afabilidad, su carácter sencillo, su sinceridad y transparencia, me mostraron que me encontraba ante un ser de extraordinaria y exquisita calidad humana. Esta percepción, que tempranamente experimenté en 1988, se convalidó en las otras gratas y numerosas oportunidades en que coincidimos en varios congresos internacionales, realizados tanto en diversas universidades de la Argentina como del Perú. En cada oportunidad que visité la atractiva y cosmopolita ciudad de Buenos Aires hallé el calor humano, el afecto y la amistad, que me honró, de Guillermo A. Borda.

4. EL RECONOCIMIENTO Y EL RESPETO DE SUS CONTEMPORÁNEOS

En mis frecuentes viajes a la Argentina y a otros países de nuestro mundo iberoamericano he podido comprobar la admiración y el respeto que concitaba entre sus colegas y estudiantes la esclarecida figura de Guillermo A. Borda. Hemos efectuado algunos viajes y hemos asistido a numerosos congresos internacionales. En todos ellos, en cualquier lugar, en todas las Universidades, se consideraba a Borda como un paradigmático maestro, como un jurista ejemplar, como la figura central del quehacer jurídico de su país en la hora actual. Su prestigio, forjado a través de un sostenido esfuerzo y de un singular talento, cubre todos los ámbitos jurídicos tanto de la Argentina como de otros países, entre los que ocupa lugar de privilegio el Perú. Su vida y su obra lo ameritan.

Guillermo A. Borda se ganó la simpatía de los juristas de habla castellana, en virtud de su connatural talento, de su reconocida sencillez , de su permanente afabilidad y de su indiscutible maestrazgo. Su innegable sabiduría jurídica, su rectitud, su mentalidad abierta al diálogo, merecieron el unánime reconocimiento de los hombres y mujeres de Derecho. Ello, no sólo de los que lo conocieron y lo trataron sino también de los que leyeron sus obras o escucharon hablar él.

Viene a mi memoria una anécdota que me emocionó, que no puedo olvidar, pese al tiempo transcurrido, por el impacto que me causó el hecho del que fui testigo. Recuerdo que cuando recorríamos las calles de la bella ciudad de Córdoba, luego de cumplir con nuestras tareas docentes en la Universidad Nacional de esa ciudad, nos resultaba imposible caminar fluidamente ni mantener entre nosotros un diálogo continuado. En muchos tramos de nuestro recorrido, los jóvenes estudiantes que reconocían al maestro Borda se le acercaban para estrecharle sus manos. Le detenían, le rodeaban en tropel, le demostraban su aprecio y le solicitaban un autógrafo. Algunas veces, hasta unas fotos. Fueron escenas hermosas, imborrables, en las que pude advertir la admiración y el respeto hacia Guillermo de parte de una juventud ávida de paradigmas, de figuras a quienes imitar, de modelos de vida.

Dichas escenas, en otra escala, las observé en varios otros certámenes jurídicos realizados en la República Argentina. Sus colegas, los profesores universitarios, le rendían en toda ocasión un justificado homenaje. Guillermo A. Borda se constituyó en una notable e impar figura, cuya actuación y obra cubren toda una etapa en el desarrollo de la civilística argentina. Borda es y será siempre un necesario punto de referencia en la historia jurídica de ese país hermano así como de toda la región. Su calidad de jurista insigne rebasó las fronteras de la República Argentina para extenderse por toda nuestra subregión latinoamericana.

5. EL ENTUSIASMO, VIRTUD DIVINA

Guillermo A. Borda fue un ser privilegiado, no sólo por su talento y calidad humana, a las cuales nos hemos referido, sino por su innata capacidad y devoción por el trabajo intelectual y por el servicio a los demás, lo que le resultaba connatural dada su fina sensibilidad social. Ello explica, entre otras actitudes, cómo es que haya podido escribir la monumental obra jurídica que le conocemos. Ello se logra comprender si tenemos presente que una de las virtudes más destacadas del maestro fue el entusiasmo con que afrontaba la vida y que impulsaba permanentemente sus trabajos, su participación en certámenes jurídicos y sus viajes. Conocí pocos seres dotados de esta especial connotación que, como sabemos, significa, en su originaria acepción que nos llega de la época clásica, el “estar inspirado por los dioses”. Borda era un ser cuyo entusiasmo se traslucía en su inspiración fogosa, en su fervorosa adhesión al Derecho que lo movía a empeñarse por las causas justas, en la admiración que en él suscitaba todo aquello que verdaderamente le cautivaba.

Ese entusiasmo, esa alegría de vivir, ese afán de perfección, esa necesidad de producir, de crear, se apreciaba en todas sus actividades, en su manera de ser. Para entusiasmarse hay que saber admirar. Sólo admiran los hombres generosos, transparentes, apetentes por conocer las virtudes ajenas, los modelos de vida que contribuyan a mejorar la propia. Para admirar se debe poseer, además, una sensibilidad a flor de piel, un singular desprendimiento, una capacidad por escuchar a los demás. La persona que no sabe admirar no sólo no es de suyo generosa sino que, al no apreciar lo bueno y lo bello en los otros seres, la convierte en un espíritu reseco, que lentamente se consume en la mediocridad, resultando ser presa de la envidia y el egoísmo egocéntrico que, casi siempre, constituyen elocuente signo de mediocridad, de pobreza espiritual, de estrechez intelectual.

Guillermo era un hombre sensible a los valores, a las gestas heroicas de la historia, a las cosas bellas que nos ofrece la naturaleza, la vida, la amistad. Amaba, por ello, el campo. Con frecuencia salía de la gran urbe bonaerense para dirigirse a una estancia que poseía en la Provincia de Córdoba, su tierra natal. En la quietud campestre se sumergía en lo mucho que ofrece la naturaleza y que el hombre sensible sabe conocer y apreciar. En esa naturaleza que nos invita a la reflexión y al solaz.



6. EL APETENTE VIAJERO

El entusiasmo y la curiosidad de Borda por conocer el mundo y sus habitantes fueron desbordantes. Necesitaba, por ello, trascender de su ámbito para recorrer otras tierras, conocer otras gentes, admirar inéditos paisajes, reconocer otras culturas, dejarse llevar por la irrefrenable fantasía. Fue, por ello, un viajero insosegable, incansable, impenitente. Tuve la fortuna de acompañarlo en algunos pocos de ellos, pero fueron suficientes para apreciar, una vez más, su calidad humana, su bonhomía, y estrechar fraternos lazos de amistad. Estuvimos juntos, que recuerde, en diversas oportunidades en Lima y en Buenos Aires, así como también en Trujillo, Arequipa, Córdoba, Mar del Plata. En el Perú intenté ser su cicerone. Guillermo fue un insuperable guía en su país, tanto en Buenos Aires como en su Córdoba natal.

El maestro Borda visitó Lima por primera vez, como se apuntó en su lugar, en 1988 con ocasión del Congreso Internacional sobre el Derecho Privado que se reunió en el Colegio de Abogados de Lima siendo su Decano en aquel entonces Raúl Ferrero Costa. En este certamen presentó, como se ha señalado, un trabajo sobre las tendencias actuales del derecho de propiedad. Luego, tuvimos el placer de recibirlo nuevamente en 1989 con ocasión del Congreso Internacional reunido en la Universidad de Lima para conmemorar los cien años de vigencia del Código civil español. El maestro nos ilustró con su ponencia sobre los daños provocados por productos elaborados. Más tarde volvimos a tener la satisfacción de volvernos a encontrar en 1994 en el Congreso Internacional en el que se recordaron los primeros diez años de vigencia del Código Civil peruano.

Más allá de las fronteras del Perú tuvimos la oportunidad de encontrarnos en 1993 en Córdoba, con ocasión del exitoso Primer Congreso de Estudiantes de Derecho de la República Argentina en el que se trataron diversos temas relativos al Derecho Privado. Borda fue un insuperable guía en aquella hermosa ciudad. Recorrimos plazas, calles, contemplando templos y bellezas arquitectónicas, bellos rincones de una ciudad con personalidad, que me hizo recordar a las ciudades del Perú. Fueron días de amena charla, de grata compañía, de descubrimiento de una pujante juventud estudiosa argentina que nos brindó cálida, inolvidable acogida. El contacto con la juventud renueva siempre el espíritu y tiene el milagroso efecto que no decaiga en nosotros la esperanza de mejores tiempos.

Recuerdo, con espontánea frescura, los dos viajes que realizáramos en 1995 y en 1998 a Arequipa, ciudad a la que el maestro admiraba tanto por la personalidad, calidad y nervio de su gente como por su belleza urbana y la de la campiña que la circunda. Recorrimos juntos, con parsimonia y atención, sus calles, sus plazas, sus templos barrocos, algunas de sus casonas más representativas, los rincones donde se conserva la perenne vibración del alma arequipeña. Conversamos con el hombre de la calle, disfrutamos de su variada como sabrosa comida. Borda admiró la transparencia de la atmósfera, el azul de su cielo, la resplandeciente blancura de la ciudad. Pero, sobre todo, conocimos a sus gentes y nos enriquecimos a través de sostenidos y ágiles intercambios de ideas.

Impresionado por la recia personalidad de los moradores de Arequipa, protagonistas de gestas cívicas que los enaltece, comprendió la estrecha relación y la influencia del ambiente sobre el hombre a la que se refirieran en su tiempo Hipólito Unánue y el sabio Middendorf. Se interesó vivamente por la historia de la ciudad y juntos repasamos los nombres de los ilustres hijos de esa tierra que tanto contribuyeron en el pasado, por la alta calidad de su liderazgo, al desarrollo integral del país.

Borda se compenetró de todo lo bueno de la tierra arequipeña y su ilusión por retornar a ella y reencontrarse con su gente fue uno de sus más caros proyectos. Esta ilusión cristalizó felizmente con ocasión del justo homenaje que nuevamente se le tributara en 1998. En esta nueva oportunidad tuvimos también el privilegio de acompañarle.

Constituyó para mí un singular privilegio el haber podido participar y sumarme, como Profesor Honorario de la Universidad Nacional de San Agustín, al merecido homenaje que le rindiera el claustro agustino a su Profesor Honorario, don Guillermo A. Borda. El solemne acto académico en que él se concretó tal distinción fue ocasión propicia para referirse a sus múltiples calidades de jurista insigne, de cabal humanista, de legislador y maestro, de probo y sobresaliente magistrado, de hombre dotado de exquisita sensibilidad social, de amigo del Perú y admirador de la historia, la tradición, la belleza, el paisaje y las gentes de la enhiesta y acogedora ciudad de Arequipa.

A esa admiración, tan natural y espontánea de Borda por Arequipa, se une su reconocimiento, que me lo mencionara en diversas oportunidades, hacia la Universidad Nacional de San Agustín, a su calificado, creativo y dinámico Rector por la cálida acogida que se le brindara y por su designación como Profesor Honorario. Este reconocimiento lo hizo extensivo a sus profesores y alumnos, los que hicieron grata su permanencia en la ciudad.

En ese año de 1998 se cumplía una década de lo que representó para mí el descubrimiento de la dimensión humana de Guillermo A. Borda y el surgir de una amistad que perduró y se intensificó con el correr del tiempo. En estos años, durante su fructífera existencia, hemos disfrutado momentos siempre gratos, que me permitieron admirar las calidades humanas e intelectuales del impar maestro argentino que tanto amó a nuestro país. Ambos sabíamos que entre nosotros existían muchas coincidencias en cuanto a la visión del mundo y de los hombres, en lo atinente a la concepción del derecho, así como en lo que concierne al vivenciamiento de comunes valores.

La afinidad entre nosotros fue evidente por lo que ella aseguró desde el comienzo de nuestra amistad una fluida relación sin claroscuros ni sospechas, lo que se facilitó y resultó natural por la transparencia de su espíritu y por su connatural calor humano. Mi capacidad de admirar se pudo manifestar a plenitud tratándose de una personalidad como la de Guillermo A. Borda. Este sentimiento es compartido por todos los que le conocieron.

Luego de esta inolvidable visita, algún tiempo después, viajaríamos a Trujillo donde también fue invitado a participar en un Congreso Internacional y donde también, como no podía ser de otra manera, fue distinguido por la Universidad “Antenor Orrego”. Disertó en esta Universidad sobre la responsabilidad médica. Su visita a la ciudad norteña le permitió conocer otro interesante rincón del país. Recorrimos también, acicateados por esa contagiante curiosidad del maestro, sus calles, sus plazas, sus templos, sus bellas casonas. Dialogamos con sus moradores, disfrutamos, como siempre, escuchando a la juventud estudiosa. Recuerdo vívidamente como Borda quedó extasiado al contemplar y recorrer, una y otra vez, la bellísima Plaza de Armas de la ciudad, en la que admiró las espléndidas casonas que la circundan con sus rejas de sabor colonial.

Otros centros académicos y universitarios peruanos han sabido también valorar las sobresalientes cualidades del maestro argentino. Es por ello que ostentó la calidad de Profesor Honorario de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, de la Universidad de Lima, de la de San Antonio Abad del Cuzco. Así mismo, fue merecidamente distinguido al incorporársele como miembro de la Academia Peruana de Derecho. Estas distinciones, aparte de lo que ellas significaron como tributo a su obra jurídica, demostraron de modo elocuente el afecto que supo despertar entre los académicos y profesores peruanos. Cabe recordar, asimismo, el reconocimiento que le rindiera la revista Scribas, que se editaba en Arequipa, la misma que dedicó un número en su homenaje. En sus páginas tuve ocasión de volcar mi admiración y aprecio por la vida y la obra del maestro.

Sus variadas incursiones a la capital de nuestra República, su viaje a Trujillo y el entusiasta retorno de Borda a Arequipa, le ofrecieron un mosaico de impresiones sobre parte importante del país, las cuales solía rememorar cuantas veces nos encontrábamos. Además, este conocimiento de diversos escenarios peruanos redobló en él sus lazos de afecto hacia nuestro país, hacia sus múltiples amigos y su gente.


7. EL HUMANO PUENTE ENTRE DOS PUEBLOS HERMANOS

A través de hombres de la dimensión humana de Borda, así como de la de otras personalidades cuyos nombres conserva la historia y venera la memoria colectiva, de San Martín a Saénz Peña, ha sido y es posible tender lazos de amistad entre los pueblos de Argentina y Perú. Guillermo supo en su momento cómo y cuánto se quiere entre nosotros a su país y, estamos seguros, que casi ningún argentino ignora que en momentos aciagos de su historia reciente el pueblo peruano, en diversas ciudades y sin distinción de clases sociales, salió a las calles, espontánea y generosamente, para solidarizarse con la causa argentina en su conflicto con una potencia europea por la posesión de las Islas Malvinas. Probablemente son también pocos los argentinos que no recuerden que el Perú pasó de las líricas declaraciones, de las muestras de pública adhesión a su causa, a un apoyo manifestado a través de hechos fraternos y concretos cuando Argentina tuvo que enfrentar una cruenta guerra.

No obstante esta sólida y creciente amistad entre los pueblos de Argentina y de Perú, algunos contados argentinos, negando y desconociendo esta tradicional amistad enraizada en la historia, aprovechándose del poder político y por subalternas razones puramente crematísticas, postergando ante ellas cualquier otro noble sentimiento, pretendieron vanamente desconocer esta inconmovible realidad. Fue así que vendieron un lote de armamentos a un país con el cual el Perú mantenía en aquel momento un no deseado y localizado conflicto bélico. Los argentinos, de todos los estratos sociales, como nos consta, repudiaron este hecho y condenaron a los corruptos y descastados autores del despropósito. He recogido su indignado clamor y he registrado sus expresiones de rechazo hacia aquellos innobles traficantes.

Borda, que fue un ser humano hidalgo y generoso, en quien no contaba el cálculo ni la malicia, tuvo el gesto que lo honra, y que no cesaremos de agradecer, de publicar un enérgica carta en el prestigioso diario bonaerense “La Nación”, precisando los negativos alcances del absurdo como bochornoso acontecimiento, exigiendo una pronta investigación del hecho a fin de juzgar a sus autores que pudieron haber comprometido la fraterna unión entre dos pueblos. Borda reconoció en aquella ocasión el hecho que el Perú fue siempre un tradicional amigo de la Argentina así como el que argentinos y peruanos mezclaran su sangre en la guerra de la independencia y que juntos compartieron la gloria de la victoria. Por ello, consideró que aclarar este desgraciado episodio era una cuestión de honor para su país. La actitud que asumiera Borda, a la par que lo enalteció, puso de manifiesto el afecto, real y sincero, que sentía por el Perú.


8. EL MAESTRO, EL JURISTA, EL TRATADISTA

No es esta la ocasión para referirme a su calificada, valiosa y difundida obra jurídica del maestro Borda. Habrá oportunidad para ello en el futuro. No obstante, no podemos dejar de destacar que es difícil encontrar algún colega o estudiante que no haya consultado, alguna vez, su importante Tratado de Derecho Civil. Personalmente, en sus páginas encontré siempre una oportuna y certera fuente ya sea para ampliar mis conocimientos o para disipar mis infaltables dudas. Su Tratado estuvo siempre a la mano, en un lugar destacado y frecuentemente visitado de mi Biblioteca. En él hallé siempre la respuesta precisa a mis inquietudes. La claridad expositiva, su terso estilo, facilitaban la búsqueda, aliviaban y hacían amena la lectura, inclusive de temas de suyo áridos o difíciles.

La ejemplar vida de Borda, su humano periplo, nos muestra al jurista que dominó la teoría del derecho y el derecho civil, por lo que fue capaz de crear aquel Tratado de Derecho Civil Argentino, en doce tomos, que mereció el Primer Premio Nacional de Derecho y Ciencias Sociales. Escoltó a esta monumental obra un no menos importante Manual, dedicado a la misma materia. Del primero se llegaron a imprimir hasta doce ediciones y, del segundo, se han publicado diecisiete. Ello demuestra, si alguna duda cupiera, el difundido prestigio que gozaba el autor, la apreciada calidad de su obra, el justo reconocimiento que ella merecía entre los hispano parlantes y denota, al mismo tiempo, la influencia que ejerció sobre muchas generaciones de estudiantes y de profesionales del derecho.

Dichas obras son clásicas no sólo en la Argentina, donde se considera a su autor como el más notable hombre de derecho de nuestros días, sino en otros países cuyos estudiosos y estudiantes se han beneficiado con el fructuoso trabajo del consagrado maestro. Consumiría muchas páginas señalar todas y cada una de sus obras, ensayos y artículos, desperdigados en revistas y periódicos de su país y del exterior, así como referirnos a las diversas Universidades, tanto latinoamericanas como europeas, en las cuales Borda impartió lecciones magistrales. No obstante lo dicho, vale la pena recordar, al menos, dos valiosos ensayos como son el titulado Error de hecho y de derecho y el polémico Retroactividad de la ley y derechos adquiridos. Es también importante citar La reforma de 1968 pues se trata de un ensayo que hoy adquiere la calidad de un documento histórico, desde que en él Borda da cuenta y razón de las reformas introducidas en dicho año en el Código civil de Vélez Sársfield.

Pero Borda no fue sólo un egregio civilista, un consagrado jurista, sino un maestro que por muchos años transitó, rodeado de general reconocimiento, por varias Universidades de Buenos Aires. Fuimos testigos de excepción del cariño y la admiración que generaba la figura de Borda, no sólo entre sus colegas sino entre los jóvenes estudiantes de todos los ámbitos de su país. Ejerció la docencia, con la maestría que le era conocida, en la Universidad Nacional de Buenos Aires, en la Universidad Católica y en la Universidad de El Salvador.

9. EL HUMANISTA

Borda fue un cabal humanista. Su preocupación cardinal fue el ser humano y todo lo con él se refiriese. No por acaso uno de sus últimos y más bellos trabajos fue el haber dirigido el volumen titulado, precisamente, La persona humana, que viera la luz por la Editorial “La Ley” de Buenos Aires en el año 2001. En este libro, diversos autores, se ocupan del ser humano bajo un enfoque jurídico. En el Prefacio, escrito por Borda, en pocas pero nítidas palabras, fija y resume su pensamiento en cuanto a lo que es la persona para el Derecho. Nos dice, así, que disipado el deslumbramiento que en su momento ocasionó el vigoroso rigor lógico del maestro Hans Kelsen y, con él, su tesis de que la persona es sólo un centro de imputación de normas jurídicas, resulta hoy claro que ella, en palabras de Miguel de Unamuno, es “el hombre de carne y hueso, el que nace, sufre, muere – sobre todo muere – el que come y bebe y juega y duerme y piensa y quiere”.

Pero, a través de lo expuesto en precedencia, no sólo se hace referencia a lo que para Borda es el hombre y, por ende, el sujeto de derecho, sino que en el pensamiento citado de Unamuno se hace una expresa y premonitoria mención a la muerte. Se nos ocurre que, consciente o inconscientemente, el maestro Borda nos entrega su testamento jurídico y, con él, la importancia y el significado que tuvo el ser humano en su existencia y en su preocupación como jurista.

El libro, sin embargo, desborda lo estrictamente jurídico y observamos como a través de sus densas páginas aparecen consideraciones filosóficas, éticas y morales con lo que permite penetrar, lo más aproximadamente posible, en el misterio del ser humano.

En un lugar privilegiado de la obra se nos recuerda un pasaje de la Encíclica Gaudium et Spes, n° 12, que resume la intencionalidad de la misma, al decir que “todo lo hay en la tierra deber ser referido, como a su centro y culminación, al hombre”. Estas palabras, en “tiempos donde todo parece vincularse a variables económicas, alientan a detenerse una vez más en la persona humana, en su dignidad y en sus carencias”.

Debo confesar que me enorgullece, que me satisfizo plenamente en su momento, que el maestro Borda, con su exquisita finura espiritual y sensibilidad de dilecto amigo, me convocara para escribir uno de los valiosos ensayos que componen dicho volumen, escoltando así a un selecto grupo de juristas argentinos del mayor nivel intelectual.

Borda fue un hombre de extraordinaria cultura, que transitó con solvencia por los campos del arte, la literatura, la historia. Por ello fue una persona amena, ya que siempre era posible dialogar con él sobre los más variados temas, tanto históricos como de la actualidad. Conversar con Borda era no sólo un verdadero placer sino una oportunidad para enriquecerse culturalmente. Su curiosidad por todo lo que el hombre produce en este mundo, que es cultura, lo atrajo de manera especial.

El maestro Borda escribió, entre otros libros y ensayos, dos tomos sobre la historia de Argentina, demostrando su versación y dominio en este campo del saber.

10. SAN BARTOLO, EMBLEMA FAMILIAR

En 1962 Borda nos regaló una bella obra literaria y autobiográfica, finamente escrita, titulada San Bartolo. Experimentamos un verdadero deleite al leerla, hace ya un buen tiempo. En sus páginas, ligeras y amenas, Borda nos narra, con elegancia y soltura, diversos e interesantes episodios en torno a la estancia criolla ubicada en la Provincia de Córdoba, de propiedad de su familia, conocida como “San Bartolo”, así como lo que ella significó y representó en y para su vida. En esta obra, tejida con amor por la tierra y la familia, se aprecia el enorme apego que Borda tenía por el campo y todo lo que él le ofrecía como paisaje, como luz, como quietud, como oportunidad de encontrar sosiego, soledad y paz, cuando de ello se requería. Pero, al mismo tiempo San Bartolo fue el mejor lugar para disfrutar de la compañía de su numerosa y tradicional familia. San Bartolo estuvo íntimamente ligado a su existencia. Fue un trozo importante de la tela de su vida. Por ello, no podemos dejar de aludir, aunque sea brevemente, a este pedazo de tierra cordobesa que hoy se engarza en lo que nos queda, que es mucho y selecto, de la memoria que conservamos del querido amigo Guillermo.

El volumen San Bartolo, aparte de su calidad literaria donde el maestro da rienda suelta a su sensibilidad e imaginación creadoras, tiene una importante característica autobiográfica. En sus páginas Borda nos relata los orígenes de su familia, de origen vasco. Su abuelo materno, llegado de la Península, se afincó en 1860 al sur de la Provincia de Córdoba, en Río Cuarto, donde nació su madre. La propiedad del campo de San Bartolo se fundamenta en una merced real.

Borda nos lleva de la mano y nos muestra lo que fue su niñez y su juventud en San Bartolo, y todo lo que disfrutó en esos despreocupados tiempos. Nos cuenta lo que significó ese pedazo de tierra para su numerosa familia así como nos narra diversas vivencias de este grupo humano así como se refiere a la actuación política de su padre, quien llegó a ser Gobernador de la Provincia de Córdoba y Diputado Nacional.

Pero Borda no sólo se vinculó a la tierra sino a las gentes de las proximidades de San Bartolo. Su espíritu aventurero y pleno de humana curiosidad lo llevó a cabalgar durante días por las sierras vecinas, detenerse en muchos lugares, pasar noches a la intemperie, conversar con los criollos, compartir el mate con ellos, contemplar los rodeos de chivas, escuchar sus leyendas y sus anécdotas.

El campo de San Bartolo fue y es un punto de referencia familiar, un hermoso lugar de encuentro. Por ello, en su casa campestre, se reunían todos los años, litúrgicamente, los miembros del clan. Guillermo escuchaba con atención los relatos de tíos y primos, conociéndolos mejor, renovando y fortaleciendo su vinculación con sus parientes, los que aumentaban cada año. Uno de sus hijos nos cuenta que al asistir a este crecimiento familiar, donde cada año aparecían nuevas cunas en el patio de la casa así como nuevos parientes políticos, su padre se preguntaba, extasiado, sobre hasta cuando la familia podría resistir a esta desmesurada explosión demográfica.

Su hijo, colega y amigo muy querido, Guillermo Julio, nos decía en cierta oportunidad que los hijos y los nietos de su padre pueden en la actualidad seguir gozando de los veranos en San Bartolo, arrullados por las brisas del campo, recordando el pasado, las lecciones que les dejó su ilustre progenitor, y proyectando el futuro. Todos ellos sienten por San Bartolo un amor profundo, que tiene su raíz en la infancia, que reviven todos los años acompañados de más de ciento cincuenta familiares. Por todo ello, en San Bartolo, entre árboles, aves y flores, con olor a campo, rodeado de una leyenda familiar que se prolonga en el tiempo, permanecerán, para siempre, las resonancias espirituales del maestro Borda. Al fin y al cabo construyó un altar familiar.


11. EL PROBO Y DOCTO MAGISTRADO

Pero al Borda humano, al preclaro hombre de derecho, al excepcional tratadista, al humanista, al maestro de innumerables generaciones, se unió una excepcional experiencia de lo intensamente por él vivido. Por años, y hasta poco antes de su partida, ejerció la abogacía con el brillo que destilaba su talento y también, por muchos lustros, ocupó diversos cargos en la magistratura de su país. Prácticamente transitó por todos los escalones de la judicatura. Fue Juez Nacional de Primera Instancia, Vocal de la Corte Superior - o Camarista como se le conoce en la Argentina -, hasta la culminación de su carrera como magistrado de la Corte Suprema de Justicia. Su maestrazgo, unido al hecho de haber sido autor de obras de derecho de sólida envergadura, a su dilatada actividad como abogado y magistrado, serían suficientes calidades para acreditar a Borda como un hombre de vasta experiencia en el trajinar jurídico, que percibió, desde diversas perspectivas, en profundidad y con nitidez, lo que significa el derecho para la vida humana. Sin embargo, el hombre Borda no se agotó ni se encerró en el círculo de lo estrictamente jurídico, sino que lo trasciende, mostrándolo, como lo hemos recordado, como un cabal humanista, como un apasionado lector de obras literarias e históricas, como un fino escritor, como un historiador de vocación, como un gozador de la vida. Por ello, su existencia fue gozosa, su paso por este mundo dejó una señera huella, un ejemplo digno de imitar.

12. EL REFORMADOR DEL CÓDIGO DE VÉLEZ SÁRSFIELD

Cuando Borda se desempeñó como miembro de la Corte Suprema Nacional tuvo el acierto de convencer al Secretario de Justicia, actuante en aquel momento, de la necesidad de reformar parcialmente el prestigioso Código civil de 1869, obra de Dalmacio Vélez Sarsfield. El mencionado Secretario de Justicia, que compartió la inquietud de Borda, le solicitó el nombre de los juristas que podrían actuar como reformadores de ese cuerpo legal. Borda le sugirió varios nombres. Prontamente el alto funcionario constituyó la Comisión Reformadora con los indicados juristas, designando a Guillermo A. Borda como su Presidente. Empezaría, en ese momento, una de las más apasionantes aventuras intelectuales del maestro Borda. Cumpliría su sueño, sustentado en la realidad de la vida y en su rica experiencia personal, de actualizar creativamente el antiguo Código de Vélez. Su maestría y lucidez hizo posible que, cambiando un apenas cinco por ciento del vasto articulado del Código civil, consiguiera el propósito buscado que no era otro que actualizarlo ahí donde ello era indispensable. La reforma fue elogiosamente comentada pues, con precisos toques magistrales en aquello que era urgente modificar, Borda modernizó, en gran medida, el Código civil de su país.

Desde el primer instante en que Borda se hace cargo de la conducción de la citada Comisión Reformadora, sentó las pautas y fijó los criterios y alcances del trabajo a emprender, así como señaló cuáles eran, en su criterio, las reformas indispensables que se debía introducir en el antiguo Código. El ejercer, poco tiempo después de la instalación de la Comisión, la posición de Ministro del Interior, en noviembre de 1966, facilitó el que dos años después, en 1968, se promulgara el dispositivo legal que consagró las enmiendas propuestas por Borda.

El maestro sostuvo, desde el primer momento, que la reforma debía ser sólo parcial, ya que la coyuntura política por la que atravesaba el país no era propicia para afrontar la ardua tarea de elaborar un nuevo Código civil. Esta labor, como posteriormente me lo confiara, requería de la tranquilidad necesaria para reflexionar, la que sólo se hace generalmente patente en un ambiente en el que prima la seguridad jurídica. Este criterio fue aceptado por la Comisión.

Todas las enmiendas introducidas por Borda tuvieron el efecto de remozar el Código de manera notoria. Entre ellas cabe citar, por su trascendencia en el pensamiento y la acción jurídicas, la incorporación de la figura del abuso del derecho, de la lesión y de la imprevisión. Basta referirse a estas instituciones para comprender el espíritu y la sensibilidad solidaria y social que animaba al reformador del 68. No puede olvidarse que estas enmiendas significaron un vuelco revolucionario en un Código que provenía del siglo XIX. En efecto, en dicho cuerpo legal se prescribía, bajo la influencia del Código civil francés que, en cuanto a la propiedad, el titular podía no sólo usar sino también abusar de la misma.

De otro lado, bajo esta misma inspiración renovadora, se introducen en el Código diversas disposiciones que aluden a los principios de la buena fe y de la equidad. Estas reformas, como las que se hicieron en el Perú a raíz de la elaboración del Código civil de 1984, cambiaban radicalmente la concepción individualista, liberal y positivista que impregnaba la obra de Vélez, tributario de su tiempo. En todas las enmiendas propuestas y aprobadas se acentuó la primacía del valor justicia sobre el valor seguridad y la vigencia del valor de la solidaridad.

En el Código civil argentino de 1869 la única fuente de responsabilidad civil extracontractual era la culpa. Actualizando esta institución, la reforma asumió la responsabilidad por el riesgo creado. Ello permitió ampliar notablemente las fronteras de la reparación civil en beneficio de las víctimas de un daño.

En lo que concierne al llamado daño moral, el Código de Vélez lo aceptaba tan sólo en el caso que el responsable hubiera cometido un delito, lo que significaba que la pena civil era un simple apéndice de aquella penal. Esta misma posición es la que muestra el Código civil italiano de 1942 en su artículo 2059º aunque, por efecto de la jurisprudencia constitucional, se ha superado esta absurda limitación. En la reforma del 68 se elimina también esta inexplicable restricción y se admite la reparación del daño moral sin limitaciones.

En lo que atañe al derecho de familia, las reformas no fueron menos importantes. Para el Código civil argentino la mujer casada era una incapaz de hecho relativa, por lo que sus bienes propios y gananciales eran administrados por el marido. Fue mérito de la reforma y de Guillermo A. Borda, su reconocido inspirador y protagonista, la derogación de esta absurda y discriminante incapacidad al colocar a la mujer en la misma condición jurídica que el varón. Fue así que la mujer pudo no sólo, por sí misma, administrar sino también disponer de sus bienes. Es posible que esta reforma influyera para que en 1970 se adoptara en el Perú igual medida, al modificarse el Código civil de 1936 en la parte pertinente.

En lo que concierne al divorcio, el Código argentino sólo lo admitía si se fundaba en algunas de las causales específicas en él contenidas. La reforma de Borda permitió el divorcio de común acuerdo bajo la expresión de “presentación conjunta”. Como nos lo recordó el propio Borda, desde aquella época hasta nuestros días más del noventa por ciento de los divorcios se tramitan por esta vía.

La necesaria brevedad a que nos obliga el espacio disponible, sólo ha hecho posible enumerar algunas de las más trascendentales reformas impulsadas por el maestro Borda. Hubo otras más aunque no revestían la importancia de las precedentemente reseñadas. Dichas reformas, como lo reconocen unánimemente sus comentaristas, tuvieron la virtud de cambiar tan profundamente la concepción novecentista del Código de Vélez que, en la práctica, se puede sostener que la Argentina, a partir de 1968, tiene en gran medida un nuevo Código civil gracias a la inspiración y creatividad de Guillermo A. Borda, el legislador.

Después de todo lo dicho y recordado en estas breves páginas en homenaje a Guillermo A. Borda, comprobamos que es mucho y muy rico lo que como herencia espiritual y jurídica nos ha dejado el maestro. Su vida ejemplar, su talento, laboriosidad, sencillez, sensibilidad, inquietud, afabilidad, curiosidad sin límites, afectuosidad, espíritu familiar, lealtad amical, nos acompañarán, como recuerdo imperecedero del maestro y amigo Guillermo A. Borda en el camino existencial que aún nos queda por transitar.

¿ Cómo no cerrar este trabajo con palabras que brotan espontáneas de mi espíritu, de mi indoblegable esperanza ?. Por ello, debo transmitirle a Guillermo un emocionado ¡hasta pronto y hasta siempre querido amigo!.