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martes, 1 de enero de 2008

EL IMPACTO DE LA VIOLENCIA ECONÓMICA EN LOS COMPORTAMIENTOS HUMANOS

EL IMPACTO DE LA VIOLENCIA ECONÓMICA EN LOS COMPORTAMIENTOS HUMANOS CARLOS FERNÁNDEZ SESSAREGO - PERÚ
A Felipe Mac Gregor S.J., con admiración y afecto
No está en las manos de nadie sustraerse a una violencia que acompaña inseparablemente a su propia época, y mucho menos darle fin; pero intentar superarla constituye un compromiso fundamental para todo aquel que sienta respeto por el hombre y, en consecuencia, por sí mismo". Sergio Cotta
SUMARIO: 1. Actualidad de la violencia en la sociedad contemporánea.- 2. Algunas interrogantes.- 3. Concepto de violencia; a. La definición de Johan Galtung; b. Informe del Senado del Perú; c. Análisis de la Asociación Peruana de Estudios e Investigación para la Paz (APEP).- 4. Deslinde conceptual de violencia, fuerza coerción y poder.- 5. Tipos de violencia.- 6. Violencia estructural; a. Alcances conceptuales; b. Las fuerzas interactuantes en la violencia estructural.- 7. Los resultados de la violencia estructural.- 8. Causas de la violencia estructural.- 9. Los sujetos de la violencia.- 10. Los campos-eje de la violencia estructural.- 11. Los problemas de la violencia estructural; a. la violación de los derechos humanos; b. La crisis en la administración de justicia; c. El dogal de la deuda externa.- 12. La concepción economicista de la vida.- 13. El impacto de la violencia económica: entre la frustración y la desesperanza.- 14. El sistema económico y la violencia estructural.- 15. El impacto de la violencia económica y los comportamientos humanos.- 16. El reto del futuro.
1. ACTUALIDAD DE LA VIOLENCIA EN LA SOCIEDAD CONTEMPORANEA
Como lo expresa el filósofo italiano Sergio Cotta, referirse a la violencia no es hoy una novedad sino que, por el contrario, "resulta un tema casi obligado para quien no se desentienda de los acontecimientos cotidianos" (1). Esta reflexión, formulada por el autor hace dos décadas tiene, lamentablemente, una dramática actualidad. Vivimos en un tiempo histórico en el cual la violencia nos acompaña como una amarga presencia en la cotidianidad de nuestra existencia. La violencia estalla por doquier, tanto en la calle, como en el campo, en la televisión, en los medios de comunicación, en las relaciones internacionales. Como lo apunta con realismo Santiago Genovés, la violencia "parecería ser la piedra de toque que caracteriza, por desgracia, a nuestro tiempo" (2).
Dicha realidad se hace dramáticamente patente en los países en vías de desarrollo aunque tampoco resulta ser un fenómeno extraño, en algún grado o medida, en otras latitudes del planeta (3). De ahí que pueda sostenerse que en toda reflexión sobre el derecho, la ley, el Estado o la sociedad se encuentra presente la coacción o, más genéricamente, la violencia (4).
La violencia es la anticultura. Por ello, hay que investigarla y estudiarla para erradicarla (5). Es tarea de todos en la medida que estamos inmersos en la violencia y comprometidos, por consiguiente, con la pacificación de nuestra sociedad, que es la misión cardinal de nuestro tiempo, que es historia, que es cultura.
2. ALGUNAS INTERROGANTES
El desarrollo del tema propuesto en este trabajo, que se centra sobre el impacto de la violencia económica en los comportamientos humanos, supone despejar algunas cuestiones previas que conforman su marco teórico. De ahí que sea conveniente aproximarnos a la noción misma de "violencia", para determinar su naturaleza, precisar sus alcances, grados, y manifestaciones en la vida del ser humano, tanto individual como colectivamente considerado. Del mismo modo, es necesario deslindar sus diferencias con otros conceptos que le son afines como los de fuerza, coerción o poder.
No es tampoco ajeno al desarrollo de la cuestión planteada el indagar, así mismo, sobre la naturaleza del comportamiento humano, en cuanto objeto sobre el cual impacta la violencia. Ello, a fin de determinar las modalidades que ella asume al actuar sobre dichas conductas o relaciones sociales y cuáles serían los resultados que produce en las mismas. Esta cuestión, sin embargo, desborda el propósito y alcances de este trabajo. Por lo demás, en algunos estudios hemos tratado extensamente sobre la conducta humana y su calidad ontológica.
Dicho marco teórico, que supone el tratamiento abstracto de tales cuestiones, se ha de utilizar luego en el análisis específico de la violencia en un determinado tiempo histórico y en un espacio concreto. La violencia actúa de modo diverso tanto en relación con el desarrollo alcanzado por las comunidades nacionales como en función del grado de realización del ser humano individual, según sea el caso.
Al revisar los tópicos relativos al tratamiento de la violencia se advierte que no existe al respecto unanimidad de pareceres entre los especialistas que abordan tan compleja cuestión. Una asunto que, por ejemplo, ha desatado polémica entre ellos es aquél referente, nada menos, que el relativo a la existencia misma de la llamada "violencia estructural". Para ciertos autores la denominada "violencia estructural" resulta ser un sistemático y serio intento de interpretación de la realidad, mientras que otros o la ignoran o sostienen que constituye una falsa simplificación omniexplicativa de la realidad. En los países donde la violencia adquirió tonos dramáticos, como es el caso del Perú o la Argentina, los que hacían alusión a la "violencia estructural" eran considerados, como lo señala un renombrado estudioso del tema, el sacerdote jesuita Felipe Mac Gregor, "colaboradores ingenuos de la subversión" (6).
Otras cuestiones no menos debatidas son también las que se centran en la etiología de la violencia así como aquella que específicamente se refiere a su directa relación con la pobreza extrema. No menos discutible, tal como se ha señalado, es el asunto concerniente a saber si existe o no en el hombre una violencia instintiva.
Es conveniente destacar que la violencia sólo se ejerce en las relaciones interpersonales, por lo que no puede confundirse con la fuerza ejercida por la naturaleza sobre el hombre o sobre aquella que éste aplica en un proceso de destrucción de la naturaleza.
3. CONCEPTO DE VIOLENCIA
No es poco lo que se ha escrito sobre la violencia, habiéndose abordado desde diversas perspectivas y en relación con heterogéneas realidades. Es inútil, y prácticamente imposible por la cantidad de enfoques, hacer una erudita referencia a todos ellos, ya que a la altura del nivel histórico que vivimos podemos, sobre la base de la experiencia vivida, seleccionar aquellos que más se acercan a nuestra propia visión de lo que significa la violencia (7).
a. La definición de Johan Galtung
Los especialistas en el tema consideran que la interpretación de la violencia formulada por Johan Galtung en la presente centuria es una de las más consistentes y, por ello, de utilidad para su aplicación a las diversas realidades históricas (8). Precisamente, sus propuestas sirvieron como uno de los puntos de partida para el valioso y difundido trabajo que sobre la violencia se realizara en un seminario nacional reunido en el Perú en el año 1985 así como para sucesivas investigaciones. En el curso de aquélla reunión se discutieron hasta siete diseños sobre la "violencia estructural" preparados por especialistas en diversas disciplinas vinculadas con la violencia, cuyos resultados se publicaron en un volumen titulado "Siete ensayos sobre la violencia en el Perú", cuya primera edición apareció en ese mismo año de 1985 (9).
Para Galtung la violencia no significa tan sólo quitarle al hombre lo que actualmente posee, sino también a disminuir las posibilidades de desarrollar las capacidades que le son inherentes a su peculiar naturaleza. Galtung postula una descripción del fenómeno de la violencia que recoge, básicamente, el concepto antes transcripto. Así, manifiesta que: "La violencia está presente cuando los seres humanos se ven influidos de tal manera que sus realizaciones efectivas, somáticas y mentales, están por debajo de su realizaciones potenciales" (10). Como se aprecia, se trata de una concepción amplia de lo que es la violencia, lo que permite su aplicación a diversas manifestaciones de la misma.
La definición de Galtung constituye más bien una descripción de la violencia que una definición en sentido estricto, desde que el autor se refiere a los resultados del fenómeno pero sin mencionar en qué consiste, cuál es su naturaleza. Se advierte también su intento de objetividad, lo que es saludable, no obstante el que distinga realizaciones "efectivas" de realizaciones "potenciales", así como se percibe que el concepto de violencia que nos ofrece Galtung se ha construido sobre la base de las realizaciones personales, dejando de lado las consideraciones generales de la sociedad y del Estado.
Si bien el autor no se desentiende de los problemas sociales, en la raíz misma de su concepción "se halla presente un supuesto esencialmente liberal". Y esto es explicable en cuanto que el análisis efectuado por Galtung responde a una posición que tiene en cuenta específicas realidades sociales como las de Estados Unidos y Europa. Como bien apunta el estudio de la "Asociación Peruana de Estudios e Investigación para la Paz" (APEP) (11), en estas regiones muchas exigencias vinculadas con realizaciones colectivas han sido satisfechas, por lo que es atendible que el centro de las preocupaciones de las naciones que las integran gravite mayormente en el grado que cada ser humano pueda alcanzar en su realización personal. Esta no es exactamente la realidad de aquellas zonas del planeta donde existen necesidades básicas colectivas aún insatisfechas, como es el caso de Africa, o Latino América. En estos vastos y poblados continentes, así como en determinadas zonas de Asia, no se han solucionado problemas acuciantes como los de la salud, la educación, el trabajo, la extrema pobreza. De ello somos cotidianos y angustiados testigos. De ahí que para los latinoamericanos tan importantes sean las realizaciones personales como las colectivas, por lo que el planteamiento en torno a la violencia debe ser integral, sin dejar de lado ninguna de ambas vertientes las que, por lo demás, están esencialmente vinculadas en la medida que el ser humano, aparte de ser individual, es también estructuralmente social. Es decir, no se le puede abstractamente aislar del contexto social donde desarrolla su existencia.
De otro lado, se hace notar, con acierto, que Galtung no se ocupa de la etiología de la violencia así como también que su propuesta es atemporal por lo que su abstracción hace posible que se aplique a cualquier realidad (12).
b. Informe del Senado del Perú
El Senado de la República del Perú, sustentado básicamente en el pensamiento de Fromm y los aportes de Galtung, realizó un estudio de la violencia social a la que define como "la que se expresa en diversos grados y múltiples formas, entre los individuos y grupos sociales, producto de circunstancias sociales que, al permanecer y reproducirse históricamente, estructuran y caracterizan a una determinada forma de organización social que mediatiza la potencial realización de sus miembros". Esta violencia, arraigada en un determinado sistema, es lo que se suele denominar como violencia "estructural" (13).
La violencia social no aparece intempestivamente sino que es el producto de un proceso de formación histórica de la sociedad, en el cual las situaciones políticas, económicas y culturales y otras, sentidas y realmente vividas como injustas por segmentos mayoritarios de la población, convierten al proceso en uno signado por la violencia estructural. Se trata, en estas circunstancias, de una sociedad en la cual se "ha instalado la violencia como sistema y en la que, inevitablemente, se generan respuestas violentas". En este sentido, la violencia estructural es un fenómeno negativo para el ser humano.
Al referirse a la violencia irracionalmente desatada por la subversión terrorista el informe señala que en los años en que ha imperado esta cruel violencia se ha afectado gravemente la economía y sólo ha tenido como resultado un retroceso en el desarrollo del país y ha generado más pobreza.
Al comentar los problemas de pobreza e injusticia que afectan a amplios sectores de la población, se cita la opinión de los obispos de la zona del sur andino del país, los que sostienen que "los grupos alzados en armas no constituyen salida alguna a la situación de violencia estructural. Es más, el tipo de acción que vienen desarrollando destruye lo que el pueblo ha venido construyendo en estos años como alternativas de desarrollo. Bajo ningún punto se pueden justificar los métodos autoritarios y mesiánicos de este grupo y las muertes y asesinatos que producen. No hay algún proyecto de vida en la matanza y crímenes que realizan, en la destrucción de propiedad y bienes de los más pobres. La alternativa popular no tiene nada que ver con la intolerancia y la práctica antidemocrática de estos grupos que pretenden adueñarse de su representación" (14).
No obstante lo dicho, se considera en dicho estudio que no toda violencia social es estructural, ya que "hay formas de violencia que no necesariamente son negativas por cuanto existe la capacidad de absorberlas, superarlas y progresar a partir de ello".
c. Análisis de la Asociación Peruana de Estudios e Investigación para la Paz
En el valioso e imprescindible estudio realizado por la Asociación Peruana de Estudios e Investigación para la Paz (APEP), se caracteriza a la violencia como una "presión de naturaleza física, biológica o espiritual, ejercitada directa o indirectamente por el ser humano sobre el ser humano que, pasado cierto umbral, disminuye o anula su potencial de realización, tanto individual como colectiva, dentro de la sociedad de que se trate" (15). En esta definición se utiliza la comprensiva noción de "presión" para incluir dentro de sus linderos conceptuales todas las varias modalidades que pueden emplearse tales como la fuerza, en todas sus manifestaciones, la coerción, la coacción, o el poder, todos los que actúan como "vectores" de la violencia.
Los alcances de la precedente definición está sujeta a diversos matices como aquél referido al grado más o menos aceptable de utilización de la fuerza, o el que tiene relación con su eticidad o con su legitimidad, así como el que se vincula con los patrones generales de presión aceptables en una sociedad dada "por aplicación de un determinado sistema político y de las exigencias consecutivas". Debe también atenderse a los requerimientos de un mayor empleo de la violencia exigido en ciertas situaciones como serían aquellas relacionadas con los estados de excepción, por ejemplo" (16).
La "presión" a la que se alude en la citada definición puede consistir en una agresión directa, es decir, la ejercida por un determinado ser humano contra otro u otros o, por el contrario, ella puede ser indirecta, como en el caso en el cual, por ejemplo, las estructuras sociales fuerzan a muchos a sobrevivir en un estado de miseria por la falta de puestos de trabajo u otras causas.
En lo que atañe al concepto de "umbral", empleado también en la definición de violencia que estamos glosando, debe tenerse en cuenta que esta noción supone el límite o la frontera que separa la resistencia social, que mantiene un estado de latencia de la violencia estructural, de su traspaso o desborde a través de la explosión o estallido de sus resultados con los efectos negativos que le son inherentes. Es decir, se trata de un punto de ruptura del estado de latencia de la violencia estructural, lo que comporta resultados adversos tanto al desarrollo de la realización personal como al comunitario.
La violencia, como se ha hecho patente, tiene como efecto devastador el que disminuye o anula el potencial de realización tanto de un individuo en particular como de una cierta comunidad. Ello genera un estado de insatisfacción, cuajado de frustraciones, amarguras, resentimientos, ánimo vindicativo, contra quienes ejercen la violencia, ya sea ésta directa o indirecta. En este último caso, al no poderse determinar quién o quiénes la generan, estos sentimientos se vuelcan contra el sistema imperante. O, por el contrario, la presencia de la violencia puede concretarse en un estado de aceptación o resignación, en el que la persona o la comunidad consideran que su situación es obra de un cierto fatalismo al cual obedece la violencia que los constriñe.
De otro lado, es evidente que este potencial de rechazo o de aceptación de la violencia al cual nos hemos referido es variable de sujeto a sujeto, dada la peculiar calidad ontológica del ser humano, así como también admite variables espaciales y temporales. Esto es del todo evidente ya que nada de lo que tenga como protagonista al ser humano es estático. La vida es de suyo dinámica, fluida, temporal, histórica. El ser humano es libre y temporal.
Como nos lo recuerda el estudio de la APEP al cual hacemos referencia, "hay un mínimo que todos los seres humanos de una misma sociedad deben compartir para estar en un punto de partida equivalente desde el cual ejercitarán sus propias cualidades y sus diferencias en la realización personal" (17). En otros términos, debe propenderse a que todos disfruten de iguales oportunidades como base de su intransferible desarrollo personal. Bien sabemos que, en términos generales, esta situación no es compartida por la generalidad de las poblaciones latinoamericanas donde son numerosos los que nacen sumidos en la miseria, carentes de aquel mínimo antes invocado y muy lejos de encontrarse en un equivalente punto de partida con los más afortunados. Esta es una realidad cruel y dolorosa que no se puede ocultar y que, más bien, debe ser recordada frecuentemente a quienes manejan los destinos de nuestros países.
4. DESLINDE CONCEPTUAL DE LA VIOLENCIA
Se suele distinguir el concepto de violencia de otras nociones que le son afines como son la de fuerza, coerción, agresividad y poder.
La "fuerza" resulta ser una presión actual, inmediata, sobre una persona, la misma que puede ser de naturaleza física o psicológica en general, cuyo efecto consiste en que la persona sujeta a la acción de fuerza actúe (u omita actuar) de manera distinta, en calidad o grado, a la que su libertad y voluntad han determinado. Esta fuerza puede provenir tanto de la naturaleza como de los seres humanos.
La fuerza es actual en la medida que no existe fuerza latente --que podría consistir en una simple amenaza-- por lo que o presiona, real y efectivamente, o no existe. Ella puede actuar sobre cualquier manifestación psicosomática, es decir, puede actuar sobre el cuerpo, en sentido estricto, o la sique o cualquier otra manifestación de orden espiritual (18).
La violencia y la fuerza se distinguen básicamente en dos aspectos. La violencia es negativa en cuanto siempre disminuye las potencialidades de realización del ser humano, mientras que la fuerza puede ser tanto negativa como positiva. En esta última hipótesis ella puede consistir en una energía que impulse al ser humano a su realización. En un segundo aspecto cabe diferenciar la violencia de la fuerza en que la primera sólo se hace presente en las relaciones interpersonales, mientras que la fuerza puede provenir también de la naturaleza. No obstante estas diferencias, ambas nociones tienen mucho en común ya que a menudo la violencia es producida por acción de la fuerza. Ello acontece cuando a través de su utilización se tiende a disminuir las potencialidades tanto del individuo como de una colectividad.
La "coerción", por su parte, "es la influencia que tiene en la actuación del ser humano la amenaza de un mal inminente, de naturaleza física o espiritual, y que lo conduce a realizar actos distintos en grado o cualidad a los que busca su voluntad" (19). Así, la coerción no constituye una fuerza actual, presente, sino tan sólo un estado subjetivo, fruto del temor que experimenta la persona sobre la cual ella se ejerce y que la impulsa a actuar. Este temor es de carácter psíquico, un estado mental.
La coerción, a semejanza de la fuerza, puede actuar en sentido positivo cuando contribuye a la realización del ser humano o en forma negativa conduciéndolo a su frustración.
El "poder" consiste fundamentalmente en el hecho que "una persona influya en otra u otras, logrando que realice o realicen lo que ésta desea" (20). El poder se ejerce bajo la modalidad de la hegemonía o de la dominación. La primera supone el asentimiento de quien es el sujeto pasivo de la acción tanto en relación con los medios empleados como con los fines perseguidos. En la dominación, en cambio, quien está sometido al poder es víctima de la fuerza o la coacción, sin estar de acuerdo ni con los medios ni con los fines de la acción. Dentro de esta actitud se pueden obtener también resultados positivos o negativos.
De lo expuesto se desprende, en consecuencia, que el elemento común de la violencia con las nociones de fuerza, coerción y poder es su aspecto negativo para el efecto de la realización potencial del sujeto. En cambio, en el caso de la fuerza, la coerción o el poder pueden generarse, como está dicho, tanto resultados positivos como violentos.
5. TIPOS DE VIOLENCIA
Se suele encontrar en la violencia dos manifestaciones. La primera, que se conoce como violencia "institucionalizada", es aquella aceptada como conducta social legítima, jurídicamente correcta. Aquellos que la padecen generalmente la internalizan, se resignan a ella en la medida que es una costumbre consagrada en el derecho positivo. Es el caso, entre otros, de la discriminación racial, o el de la mujer en relación con el varón, o aquella existente entre los cónyuges o los hijos según su procedencia. La violencia, de este modo, está institucionalizada, participa del reconocimiento del ordenamiento jurídico.
Es de advertir que la violencia institucionalizada puede ser aceptada tan sólo desde un punto de vista puramente formal. Es el caso en que si bien no es realmente aceptada por los sujetos que la padecen, ellos reconocen la conveniencia de su existencia. Es decir, se resignan a ella. En cambio, su aceptación material supone que tales sujetos se hallan de acuerdo con el contenido de la misma. No la rechazan.
La violencia no institucionalizada --o simplemente violencia "estructural"-- es aquella que se produce al margen del ordenamiento jurídico o aquella otra que, no obstante ser jurídicamente descalificada, se presenta actuando contra los preceptos normativos. Es este el caso de los derechos humanos que, no obstante estar amparados por las Convenciones y los Tratados internacionales y las Constituciones nacionales, en la práctica son, a menudo, violados, negados o desconocidos. En esta situación los derechos constitucionales no operan en la realidad. En la práctica, trágicamente, se les niega. Se trata de los casos, nada infrecuentes, de democracias formales o aparentes que son, realmente, dictaduras o autoritarismos de diverso grado, intensidad o signo ideológico. En estas democracias formales, a pesar de los claros mandatos constitucionales, como es bien conocido, se ignoran muchos o algunos de los derechos fundamentales del ser humano sobre la base de un cínico y gélido pragmatismo donde lo único que cuenta es la realización de los objetivos concretos propuestos por los gobiernos. Se antepone en estos casos el interés o afán de dominio de un grupo frente a los derechos de los ciudadanos. Esta situación se sufre aún en ciertos países de nuestro subcontinente donde el Estado de Derecho es frágil, existe con graves limitaciones o, simplemente, se le niega.
6. VIOLENCIA ESTRUCTURAL
a. Alcances conceptuales
La violencia estructural se distingue de las otras formas de violencia conocidas, en que ella actúa sobre el ser humano desde y en las estructuras sociales. El individuo no puede marginarse de este tipo de violencia que lo envuelve y compromete por el solo hecho de ser miembro de una determinada comunidad. El ser humano encuentra esta violencia estructural instalada y latente en las formas cómo se relaciona con los demás seres en el seno de la sociedad y en el aparato de reglas que regulan estas relaciones.
Como se ha expuesto en su lugar, cabe distinguir, según Galtung, entre la violencia personal o directa, la institucionalizada y la estructural o indirecta. Esta última "está edificada dentro de la estructura, y se manifiesta como un poder desigual y, consiguientemente, como oportunidad de vida distinta" (21). En esta situación los recursos disponibles están desigualmente distribuidos, ya sean ellos de carácter económico, cultural o médico. Estas carencias, que repercuten en los estratos sociales de bajos niveles de vida, se hallan siempre vinculadas entre sí. Para Galtung, esta violencia estructural puede también denominarse como "injusticia social". Galtung descarta el uso del término "explotación" para designar esta situación por cuanto esta palabra "pertenece a un vocabulario político, y tiene bastantes connotaciones políticas y emocionales, por lo que el uso del término difícilmente podría facilitar la comunicación". En segundo lugar, considera que dicho vocablo "se presta demasiado fácilmente a expresiones en las que interviene el verbo explotar, cosa que a su vez puede desviar la atención de lo estructural en cuanto a que es opuesto a la naturaleza personal de ese fenómeno, y puede llevar incluso a acusaciones a menudo infundadas en relación a una violencia estructural premeditada" (22).
En la violencia indirecta o violencia estructural es el ser humano el que las crea, las modela. Pero, a diferencia de la directa, no existe un determinado o determinados seres humanos que ejerzan directamente la violencia sobre ciertas personas.
No sólo cabe mencionar el hecho de la existencia y presencia actuante de estructuras sociales que son fuente generadora de violencia sino que es dable advertir que las estructuras son, de suyo, violentas en la medida que la contienen. La violencia estructural se encuentra emboscada, oculta, no se manifiesta de modo elocuente. Se halla larvada, pero actuante. Por ello, la violencia se halla latente y, por consiguiente, puede estallar en cualquier momento. Ello, como está dicho, porque está presente en las estructuras. La violencia estructural, por lo tanto, hay que descubrirla, hay que hacerla evidente, comprenderla conceptualmente.
Es del caso señalar que cuando una estructura está cargada de violencia se hace patente la tendencia a reproducirla, de donde resulta ser causa y efecto al mismo tiempo.
Metafóricamente podemos imaginar a la violencia estructural como un caldero que se encuentra sometido a la acción permanente del fuego, al que figurativamente podemos asimilar a las presiones o tensiones incitas y actuantes en las estructuras sociales. Como lo precisa acertadamente Boulding al comentar la obra de Galtung (23), la violencia, entendida como daño que alguien hace a los demás, es un fenómeno que cuenta con un "umbral". Es decir, que dentro del ejemplo propuesto, el fuego puede actuar debajo del caldero por un tiempo indeterminado durante el cual, si bien el agua está caliente, ella no llega a su punto de ebullición. Pero, puede ocurrir que se atraviese dicho "umbral", es decir, que el agua empiece a hervir con la previsible consecuencia que, en cierto momento, el caldero explote con los resultados negativos que son previsibles. Ello acontece cuando las presiones o tensiones son muy intensas y desbordan la fuerza de resistencia que sustenta el sistema. No obstante, antes de haberse alcanzado este umbral, y como ha sido señalado, la violencia estructural está presente, se halla latente, por lo que no deja de ejercer presión.
Si bien es cierto que la violencia estructural tiene un "umbral", éste solo puede ser identificado frente a situaciones concretas, ante ciertas circunstancias, en un cierto tiempo y en un determinado lugar. La violencia estructural sólo eclosiona y genera diversos efectos negativos o perjudiciales cuando sobrepasa el mencionado "umbral". Por ello, así como sus manifestaciones varían de intensidad y de uniformidad, según las circunstancias, también es posible que ella se mantenga latente sin alcanzar el punto que denominamos "umbral".
La conclusión operativa de lo anteriormente expresado es que la violencia estructural no muestra comportamientos uniformes en tiempo y lugar, por lo que de ello se deduce que la "violencia estructural debe ser estudiada en relación con situaciones concretas, a fin de medir sus efectos prácticos eficientes". De ahí que la violencia estructural no puede ser "cabalmente conocida en abstracto: reclama una operación cognoscitiva sobre ella" (24). Esta observación no puede dejarse de tener presente al estudiar el fenómeno de la violencia estructural.
b. Las fuerzas interactuantes en la violencia estructural
En la violencia estructural se perciben, como se ha podido entrever, dos tipos de fuerzas que interactúan. Una es la fuerza de agresión, o sea la presión ejercida sobre el sistema y, la otra, es la fuerza que la enfrenta, es decir, la fuerza de la resistencia. Ellas, por estar íncitas en la madeja de la estructura social no son fáciles de percibir y, por consiguiente, de medir o evaluar. La fuerza que sustenta al sistema, como señala Boulding, es de carácter estático. Ella comprende diversas manifestaciones como hábitos, tabúes, sanciones, cultura en general. Por el contrario, las presiones o tensiones actuantes en el sistema son dinámicas y se manifiestan, según el autor, a través de la carrera armamentista, la hostilidad mutuamente disimulada, los cambios en la posición económica o en el poder político. Todas ellas son, normalmente, difíciles de identificar. A las tensiones enumeradas por Boulding podríamos añadir algunas otras que registra nuestra experiencia como son la miseria institucionalizada, la erosión de las ideologías subversivas, la discriminación de todo tipo.
7. LOS RESULTADOS DE LA VIOLENCIA ESTRUCTURAL
No debe confundirse la violencia estructural, considerada en sí misma, es decir, como el conjunto de factores que, en diversa medida e intensidad, presionan permanentemente sobre la estructura social, de sus resultados una vez que tales tensiones han traspasado el "umbral", que consiste, como se ha manifestado en precedencia, en el momento de ruptura en el cual se desencadenan sus efectos negativos y perjudiciales.
Los análisis que puedan desarrollarse en torno a los resultados de la violencia estructural permitirán, sin duda, una más clara percepción de esta última pero, como está dicho, los efectos no se pueden confundir con la violencia estructural, la misma que se halla latente en la estructura social.
El análisis del conjunto de factores que general la violencia estructural, por su amplitud y heterogeneidad, obligan a un necesario estudio de carácter interdisciplinario. Son muchos los enfoques que se requieren para su aprehensión, por lo que no puede prescindirse de la sociología, la historia, la economía, el derecho, la psicología, entre otras disciplinas. Su complejidad hace necesaria una visión que no deje de lado ninguno de los aspectos que contribuyen a su formación.
Es importante destacar que el sentido del estudio de la violencia estructural, de su causa eficiente y de sus resultados tiene sentido en cuanto nos sirve para encontrar los cauces que nos conduzcan a la pacificación de un país o de una región. En efecto, del estudio que se realice han de ponerse de manifiesto cuáles son las políticas, las instituciones o las reglas que deben cambiarse para intentar superar o disminuir la presión que se ejerce para el surgimiento de la violencia estructural. Sólo atacando las causas de la violencia se logrará un resultado exitoso, ya que preocuparse tan sólo de eliminar sus efectos no contribuirá al logro de una solución más o menos duradera. El puro tratamiento de los efectos de la violencia podría, probablemente, significar el que, más tarde o más temprano, se habría de llegar nuevamente al umbral a partir del cual se desencadenarán nuevos resultados negativos.
El estudio integral y multidisciplinario del fenómeno de la violencia estructural que nos envuelve, y de la que no podemos marginarnos en cuanto miembros de una determinada comunidad, debe conducirnos a efectuar los cambios estructurales positivos tendentes a disminuir las presiones propias de la violencia estructural y evitar, así, llegar al umbral que, como está dicho, es la frontera más allá de la cual se manifiestan, en toda su crudeza, los efectos de la violencia estructural. Ello sólo es posible si hay voluntad política para efectuarlos, si realmente se ansía consolidar la pacificación integral de la sociedad.
Lamentablemente, es frecuente observar cómo no siempre se realiza un estudio interdisciplinario de la violencia estructural, por lo que se desconocen cuáles son las causas de la misma, no siendo posible elaborar un plan destinado a lograr la pacificación de un país sometido a su constante presión. Para ello, como está referido, es necesario aceptar algunos cambios positivos en ciertos aspectos del sistema, instituciones o reglas, que son potenciales generadores de tensiones sociales.
8. CAUSAS DE LA VIOLENCIA ESTRUCTURAL
Como lo hemos señalado en su lugar, para Galtung la violencia estructural puede también identificarse con la injusticia social. Boulding, sin embargo, al referirse a esta afirmación apunta que la violencia --ya sea la que se manifieste en la calle, en el hogar o la que surge de las guerrillas, del terrorismo, de la policía o de las fuerzas armadas-- "es un fenómeno muy distinto a la pobreza". Según su opinión, "los procesos que producen y mantienen la pobreza son totalmente distintos a los procesos que producen y mantienen la violencia, aunque, como todo en la vida, de alguna manera todo tiene que ver con todo". Coincidiendo con lo sostenido en el estudio de la APEP, estimamos que la observación de Boulding es desacertada por cuanto no se puede sostener, sin más, que la pobreza extrema no sea uno de los factores que engendran la violencia estructural.
Es evidente que la pobreza extrema o miseria y la injusticia social en sus diversas expresiones tienen un rol importante en la generación de la violencia estructural, a pesar de que ellas no son los únicos factores desencadenantes de la misma. Es sabido que, al lado de ellas, interactúan un conjunto de otros factores, tales como las instituciones y las reglas sociales vigentes, las que constituyen otros tantos elementos determinantes de la violencia estructural. Ellas, al igual que la pobreza y la injusticia social, contribuyen a su conocimiento y explicación. Si bien la pobreza extrema o miseria y la injusticia social no explican, por sí solas, el fenómeno de la violencia estructural, ellas están presentes, en mayor o menor medida según las circunstancias de tiempo y lugar, en su generación y presencia. Su gravitación es intensa en el fenómeno al cual venimos refiriéndonos.
La interacción entre las causas de la violencia estructural obliga a ponerlas en evidencia y establecer las conexiones existentes entre ellas. Esta labor no puede realizarse de una sola vez y para siempre, ya que el dinamismo de las presiones que actúan constantemente sobre las estructuras pueden mostrar, como consecuencia, la variación de alguna o algunas de ellas, un cambio en su intensidad o ritmo. La variación de alguna de las estructuras sociales es el resultado de una tensión demasiado intensa. Como la estructura, en sentido integral, constituye una totalidad, la transformación producida en una parte de ella --que es un todo-- repercute necesariamente en el conjunto, lo que hace indispensable un nuevo estudio de la situación que conduzca a una redefinición de cada una de las estructuras que componen el conjunto.
9. LOS SUJETOS DE LA VIOLENCIA
El sujeto pasivo de la violencia estructural es parte integrante de la estructura, ya que está situado en ella y percibe sus presiones. El agredido o sujeto pasivo está comprometido con la violencia. Como está dicho, la víctima que sufre la acción de la violencia ve disminuida o, tal vez, anulada su posibilidad de realización personal. La violencia, que discurre por las estructuras, lo envuelve, lo agrede, en mayor o menor medida, en virtud de la especial ubicación de la víctima en el contexto social.
Pero, y esto es importante anotarlo, "todo el que se beneficie de la existencia de la violencia estructural será, a la larga, víctima de ella" (25). La violencia estructural latente es capaz de explotar de manera tal que no sólo afecte a los que la padecen permanentemente sino a aquellos que, de alguna manera, han obtenido beneficios de ella a costa de aquellos seres que ven frustradas sus expectativas existenciales, sus proyectos de vida.
El sujeto pasivo de la violencia estructural forma parte de la violencia estructural, ya sea a través de una resignada o convencida aceptación de la misma o mediante una actitud de enfrentamiento. Como la estructura está transida de violencia o, dicho con otras palabras, es de suyo violenta, es posible que el sujeto pasivo de la violencia estructural la acepte desde una determinada dimensión ideológica por lo que no es infrecuente que devenga cómplice de la misma.
10. LOS CAMPOS DE LA VIOLENCIA ESTRUCTURAL
Refiriéndose al caso peruano, pero que podría tener mucho de común con otras situaciones que padecen países de la región, el estudio practicado por la APEP detecta hasta cuatro campos-eje en los cuales se presenta el fenómeno de la violencia estructural (26). Los "campos-eje son grandes ámbitos de la problemática social, en los cuales se recoge el fenómeno de la violencia estructural y de la violencia institucionalizada, mostrada a través de muchos problemas específicos".
Los campos-eje constituyen segmentos de la sociedad civil y política "en los cuales pueden operarse armónicamente los cambios conducentes a la pacificación". Estos campos-eje son, de acuerdo al mencionado estudio, la textura de la organización social y política en sentido amplio, la situación de la mujer, la pobreza y el proceso de socialización de la persona.
Siguiendo el mencionado estudio, se entiende por "textura de la organización social y política" la organización y las reglas de funcionamiento de la sociedad civil en sus diversas manifestaciones. Ella tiene que ver con el Estado, con su organización democrática y su administración y con la tarea de gobierno en general. La "situación de la mujer" se relaciona con la situación de crónica postergación que ella adolece en los diversos sectores y actividades de la sociedad frente al varón. La "pobreza extrema" es aquel estado del sujeto en el cual carece de los bienes esenciales para la satisfacción de las necesidades propias del cotidiano existir. El "proceso de socialización de la persona" es aquel en el cual ella forma su cultura.
11. LOS PROBLEMAS DE LA VIOLENCIA ESTRUCTURAL
No es posible referirse genéricamente a los problemas de la violencia estructural que, en alguna medida y bajo ciertas características, se presentan en cada una de las diversas comunidades que integran nuestro mundo latinoamericano. Sin embargo, muchos de ellos son compartidos, con acentos propios y con diversa intensidad, por varios países de la región. Sólo podemos mencionar algunos de ellos en cuanto nos resultan evidentes o principales en tanto forman parte de nuestra experiencia personal al haberlos vivenciado en nuestro país. Dichos problemas han sido mencionados, en términos generales, en el parágrafo precedente.
a. La violación de los derechos humanos
Uno de los principales problemas generadores de violencia estructural es aquel que se refiere a la situación de los derechos fundamentales de la persona, los que, pese a las normas de tutela contenidas en los convenios internacionales, en las propias Constituciones de los Estados y en sus códigos civiles, son frecuentemente violados en la realidad, creándose una ostensible brecha entre las declaraciones de los textos legales y su cumplimiento en la vida cotidiana. Esta lamentable disociación entre las normas protectoras de los derechos de la persona y su frecuente desconocimiento en la realidad, genera una peligrosa actitud colectiva en lo que concierne a la credibilidad que debería merecer el sistema democrático, el ordenamiento jurídico de un país y las fuerzas encargadas de hacerlo respetar.
Este desconocimiento y violación de los derechos de la persona vulnera el Estado de Derecho creando una real situación de inseguridad ciudadana que genera rechazo y temor y, por consiguiente, explicables tensiones en el seno de la sociedad. Lo grave es que la violación de los derechos humanos no sólo es producto de los grupos alzados en armas contra el sistema imperante, llámense ellos subversivos, guerrilleros o terroristas, según el caso, sino que el empleo de la fuerza proviene en algunas ocasiones de las propias fuerzas armadas y policiales que, directamente o a través de grupos paramilitares, persiguen no sólo a los subversivos sino también involucran en su acción a los opositores políticos y hasta ciudadanos ajenos al problema. La ciudadanía tiene la sensación de vivir en un Estado en el que no existen garantías reales para la vida, la libertad, la integridad psicosomática, el honor, la intimidad, el secreto de las comunicaciones, entre otros derechos personales que son, a veces, cíclicamente vulnerados.
Lo que es más grave, los delitos cometidos contra los derechos humanos quedan a menudo impunes por la actitud de sumisión que, generalmente, muestran algunos miembros del Poder Judicial frente al Poder Ejecutivo, ya sea por el temor a perder su posición, por el riesgo de sufrir postergación en el desarrollo de su carrera o por razones de obsecuencia frente a quien les brindó y les garantiza su puesto de trabajo. Esta increíble situación se presenta, obviamente, en un Estado autoritario o dictatorial, según el caso, en el cual el sometimiento del Poder Judicial es manifiesto y coherente con el sistema. La hasta reciente experiencia histórica de nuestro país nos muestra cómo se llega al inconcebible extremo de la expedición de leyes de amnistía para sentenciados por atentar, desde el poder aunque en la sombra del anonimato, contra la vida de los ciudadanos. Es decir, la amnistía para los asesinos actuantes a través de los grupos paramilitares.
Las fuerzas policiales, dentro de la situación a la cual venimos aludiendo, no cumplen a cabalidad su función primordial como es la de brindar seguridad a la población. Por el contrario, sectores de estas fuerzas policiales se ven comprometidas en nada infrecuentes casos de corrupción, a todos los niveles y, lo que es alarmante, policías en actividad o en retiro han perpetrado asaltos a mano armada en conjunción con peligrosas y sanguinarias bandas de feroces delincuentes o mantienen relaciones con narcotraficantes. Es vergonzoso y lamentable reconocer esta situación que afecta a un segmento de la institución policial, que consideramos límite y que ha traído como corolario el que la población desconfíe de las fuerzas policiales por lo que, a menudo, no se denuncian diversos delitos cometidos por delincuentes comunes ante el temor de verse involucrados en problemas futuros. Cabe expresar, al respecto, que estas fuerzas policiales, antaño respetables y en cuya actuación "el honor era su divisa", reciben no sólo remuneraciones del todo injustas por insuficientes sino que, además, están mal pertrechadas. Debe dejarse a salvo la honorabilidad de la mayoría de los miembros de esta institución que, en medio de esta vorágine, tratan de mantener la calidad y la honestidad de un indispensable función del Estado como es la de brindar seguridad a la ciudadanía.
La población se siente desguarnecida e inerme ante la agresión de la violencia antes descrita. Es sumamente grave, como está dicho, que la ciudadanía desconfíe de las llamadas "fuerzas del orden". Esta realidad, que es doloroso reconocer, es básicamente producto de una descomposición moral que no sólo cunde en el sector de las fuerzas policiales sino que, generalmente, es el reflejo de la situación de sectores importantes del mismo, sobre todo de aquellos a los que por su posición pública corresponde dar ejemplo de transparencia, honestidad y respeto a los derechos humanos. Es evidente que se advierte la notoria ausencia de paradigmas confiables que sirvan de guías o modelos principalmente para una juventud ansiosa de encontrarlos. Felizmente, los recursos morales se mantienen intactos en sectores de la población que esperan su momento para actuar en la vida pública.
Esta cruda realidad tiene como trasfondo la carencia de sólidos principios éticos rectores de la vida colectiva. Por el contrario, se advierte la presencia de una concepción materialista de la vida, de un individualismo exacerbado, de un amoral pragmatismo, de una avidez descontrolada por el dinero, de una falta de vivenciamiento del valor de la solidaridad, de un consumismo desbordante, de un manifiesto hedonismo. La cuestión entraña, por lo expuesto y desde nuestro punto de vista, un problemas raigal, de extrema magnitud y que llevará tiempo el superarlo, al menos en una medida tolerable. Ello significa, de otro lado, convivir con la violencia estructural confiando en la acción de las fuerzas de resistencia social y en la reserva moral de un país.
Si a la situación anteriormente planteada de falta de respeto por los derechos humanos y, por consiguiente, de la fragilidad o ausencia de un Estado de Derecho, sumamos la extrema pobreza, la injusticia en todas sus manifestaciones, la larvada presencia de focos terroristas, la acción de fuerzas paramilitares en agravio de gente representativa de la oposición política o de la población general, la agresión a la mujer, la inseguridad ciudadana, la desocupación, la discriminación, el narcotráfico, la corrupción --aún en el seno de sectores de las fuerzas armadas--, la falta de transparencia en la gestión pública, entre otras calamidades de la vida de convivencia que actúan como elementos de presión sobre la estructura social, es fácilmente explicable la existencia de una violencia estructural. Ella, en algunos países llegó, en su momento, a traspasar el "umbral" al que nos hemos referido mientras que, en otros, se produjera una aproximación al mismo punto de ruptura, de "explosión del caldero" al cual nos hemos referido en su lugar.
Ante el cuadro descrito en los párrafos precedentes es dable preguntarse, con preocupación, por el grado de solidez de la fuerza de resistencia social ante el embate de esta situación de violencia estructural. ¿Existen realmente reservas morales en la sociedad afectada por la violencia estructural capaces de superar, al menos en parte, la tensión producida por ella?. ¿Existe real voluntad política de asumir las medidas necesarias para atacar las causas de la violencia a fin de evitar sus resultados negativos?. La respuesta la tienen los miembros de cada una de las comunidades nacionales afectadas, en mayor o menor grado, por las presiones antes referidas.
Un caso extremo, que podríamos considerar límite en lo que se refiere a la negación de los derechos de la persona, de los derechos humanos en general, es aquel referido a la presencia de los Estados dictatoriales. En ellos, como es sabido por las lecciones de la historia, se aherroja la libertad, se conculca el poder de decisión de la persona, se constriñe el desarrollo de su personalidad, se anula su capacidad de iniciativa, se le convierte en un número, en una ficha, en una cosa. La experiencia histórica reciente ha sido aleccionadora en este sentido.
b. La crisis en la administración de justicia
Es perfectamente sabido que la existencia de un Poder Judicial autónomo, independiente, honesto y capaz es garantía básica para la existencia de un Estado de Derecho, para la presencia de una democracia sana y operante. Por ello, la ausencia de este elemental requisito para la pacífica convivencia humana supone la existencia de una situación de profunda inseguridad y desconfianza ciudadana, lo que se hace patente en un sentido malestar colectivo, las que se traducen en una presión que coadyuva a la generación o intensificación de la violencia estructural.
En algunas latitudes se hace patente, como se observa, el sometimiento de los órganos de justicia a los otros poderes del Estado o se experimentan situaciones de corrupción que llegan a determinar que sectores marginados de la población lleguen al extremo de hacer justicia por su propia cuenta. No son infrecuentes los casos en los que la administración de justicia, a parte de las lacras antes señaladas, adolece no sólo de desesperante lentitud en el desarrollo de los procesos, sino que ellos resultan sumamente complicados y costosos para la mayoría. Así como existe una desconfianza en las fuerzas del orden, a la cual se ha hecho mención, se hace patente también una creciente falta de credibilidad en la administración de justicia, lo que al carcomer o erosionar las bases de la credibilidad en el sistema engendra o alimenta la violencia estructural.
En honor a la verdad debe reconocerse que no todos los magistrados se doblegan y acatan los velados requerimientos de los otros poderes del Estado. Su heroico ejemplo es digno de alabanza en un medio en que estas actitudes no son frecuentes por el explicable temor a represalias de todo orden.
Es fácilmente comprensible la quiebra del Estado de Derecho cuando no se cuenta con un Poder Judicial digno por autónomo e independiente.
c. El dogal de la deuda externa
Contribuye a presionar la situación de violencia estructural la dependencia de ciertos países del Tercer Mundo en relación con deudas externas que los agobia y que, en la práctica, pese a todos los reajustes y planes internacionales de salvataje, resultan impagables. La deuda crece permanentemente pues a ella se aplican altos intereses y, con frecuencia, se acrecientan por las moras devengadas. Los escasos recursos de muchos países en vía de desarrollo se destinan --y esto es cruel-- al pago de la deuda externa contraída por gobiernos irresponsables y cuya inversión es del todo brumosa. Todo ello en detrimento de la economía popular, del mejoramiento de los servicios públicos, como educación y salud, y a la inversión para generar nuevos puestos de trabajo.
Pero es del caso recordar que a la irresponsabilidad de los gobernantes que contrajeron una cuantiosa deuda externa de dudosa aplicación, se suma el hecho que los actuales institutos acreedores sabían perfectamente, en el momento de realizar sus operaciones crediticias, las reales condiciones estructurales de los países en los cuales colocaban sus capitales excedentes y las consecuencias contrarias al bienestar de las mayorías que implicaría su pago.
Es deber de un buen presunto acreedor estudiar la situación del potencial deudor antes de efectuar una colocación. Tratándose de la deuda externa este deber se incumplió en algunos casos. La responsabilidad de la abultada e impagable deuda externa de muchos países en vías de desarrollo supone, por consiguiente, una responsabilidad compartida entre acreedores y deudores. No obstante, los países deudores seguirán sometidos por años al pago de una deuda que nunca disminuye o, si ello ocurre, lo es en mínima proporción por los altos intereses del principal. Esta situación contribuye como un adicional factor de presión que moldea la violencia estructural.
Como es por todos conocido, algunas entidades del mundo desarrollado, en un momento histórico de excedente de capitales, los colocaron en Latino América no siempre como inversiones tendentes a contribuir a su desarrollo sino, generalmente, como operaciones crediticias que, bien se sabían de antemano, dichos países subdesarrollados no estarían en condiciones de pagar, salvo a costa de la creciente miseria de sus propios pueblos. Los presuntos acreedores sólo se interesaron por los indicadores macroeconómicos, por el erróneo PBI y sólo, secundariamente --si ello ocurrió-- se preocuparon por conocer otros factores de importancia como son la tasa de desempleo, la miseria de amplios sectores de la población, la situación política, el nivel de la educación, la carencia de cohesión social, el grado de corrupción existente, la apetencia armamentista, entre otros indicadores de la salud de un pueblo.
Por lo demás, no se contempló en lo que concierne a la relación entre institutos acreedores y deudores, el que en ciertas circunstancias se presentó la figura jurídica de la excesiva onerosidad de la prestación. Es decir, se experimentó el caso o casos en los cuales, tratándose de los contratos conmutativos de ejecución continuada, si la prestación llega a ser excesivamente onerosa por acontecimientos extraordinarios e imprevisibles, la parte perjudicada puede solicitar el que se reduzca la contraprestación a fin de que cese dicha excesiva onerosidad. Esta situación se presentó en el caso de algunos países deudores que han visto afectada su economía por desastres o calamidades naturales o por procesos hiperinflacionarios. Pero, como es sabido, este argumento jurídico y solidario no opera en el actual orden económico internacional.
Tal vez, por lo anteriormente señalado, es que se justifica la inquietante pregunta que se formula Juan Pablo II cuando inquiere "¿cómo no pensar que la afirmación misma de los derechos de las personas y de los pueblos se reducen a un ejercicio retórico estéril, como sucede en las altas reuniones internacionales, si no se desenmascara el egoísmo de los países ricos que cierran el acceso al desarrollo de los países pobres, o lo condicionan a absurdas prohibiciones de procreación, oponiendo el desarrollo al hombre?" (27).
12. LA CONCEPCION ECONOMISTA DE LA VIDA
En los tiempos que corren se pretende diluir o subordinar la escala de valores jurídicos, que en gran medida coinciden con los morales, por la escala de valores económicos. Existe una ofensiva destinada, a través de escuelas como la del "análisis económico del derecho", a otorgar prioridad a valores como la utilidad y la eficiencia frente a valores tradicionales e inmutables del derecho como son la justicia, la solidaridad, la seguridad, la paz social. El derecho, que surge de la propia vida humana y que regula todas las relaciones interpersonales en ella existentes, sin excepción, sufre, una vez más, el embate de la economía con el propósito de hacer valer en aquél sus propios valores utilitarios. Esta posición equivale, en síntesis, a poner al hombre al servicio de la economía en vez de ésta al servicio del ser humano.
En la obra de Guido Calabresi, "El coste de los accidentes", se expresa, en gran medida, esta concepción cuando manifiesta que: "Nuestra sociedad no desea preservar la vida humana a cualquier precio. En su sentido más amplio, la idea desagradable de que estamos dispuesto a destruir la vida nos ha de resultar evidente (...). Pero lo más significativo para el estudio de la responsabilidad civil, y quizá tan obvio como lo anterior, es que las vidas no sólo se sacrifican cuando el quid pro quo es algún gran principio moral, sino también cuando están en juego cuestiones de mera conveniencia".
La posición antes resumida a través de una elocuente expresión del pensamiento de Calabresi --que no requiere de mayores comentarios-- en vez de tender a disminuir las tensiones y presiones existentes en el seno de las sociedades desvalidas del Tercer Mundo contribuye, en sentido contrario, a justificar un desinterés en disminuir el grado e intensidad de las injusticias presentes y actuantes en la convivencia social. Y ello, porque estas injusticias encuentran su justificación en el logro de superiores valores como la utilidad, la eficiencia y la conveniencia. Es decir, de valores del todo egoístas, contrarios a la justicia y a la solidaridad que presiden la escala de valores jurídicos. Si esta concepción de la vida podría tener cierta vigencia en algunos escasos países desarrollados, ella es inadmisible tratándose de los países en vías de desarrollo.
La situación antes planteada, como certeramente anota Mosset Iturraspe, supone "el silenciamiento de la escala axiológica por su reemplazo por otros de la escala económica". Ello significa, en palabras del propio Mosset Iturraspe, que la eficiencia reemplaza a la justicia, el afán de lucro a la equidad, el crecimiento económico a la solidaridad, como si fueran valores opuestos, incompatibles, y no complementarios: eficiencia con justicia, lucro con equidad, crecimiento con solidaridad" (28).
Al referirse a la situación que comentamos, Juan Pablo II expresa que el eclipse del sentido de Dios y del hombre "conduce inevitablemente al materialismo práctico, en el que proliferan el individualismo, el utilitarismo y el hedonismo". En esta coyuntura "los valores del ser son sustituidos por los del tener" Y añade que "la calidad de vida se interpreta principal o exclusivamente como eficiencia económica, consumismo desordenado, belleza y goce de la vida física..." (29).
La difusión de una cultura contraria a la solidaridad, según Juan Pablo II, está "activamente promovida por fuertes corrientes culturales, económicas y políticas, portadoras de una concepción de la sociedad basada en la eficiencia". Y continúa expresando que "mirando las cosas desde el punto de vista se puede hablar, en cierto sentido, de una guerra de los poderosos contra los débiles" (30).
13. EL IMPACTO DE LA VIOLENCIA ECONÓMICA: ENTRE LA FRUSTRACIÓN Y LA DESESPERANZA
En el análisis sobre la violencia estructural formulado por la APEP, como no podría ser de otra manera, se reconoce que en el Perú --y esta referencia es válida para muchos otros países en vías de desarrollo-- el mencionado punto de partida equivalente no se ha alcanzado, es decir, no están satisfechos los mínimos esenciales para todos los seres humanos. Ello hace que la supervivencia misma esté en cuestión, ya que subsiste una alta tasa de desempleo y de subempleo y de enfermedades que, como la tuberculosis, tienen su origen en el hambre que padecen amplios sectores de la población. La pobreza "engendra condiciones personales y familiares de existencia que tienden a la frustración, favorecen y desarrollan actitudes y rasgos personales destructivos y autodestructivos antes de creativos y de realización". La riqueza, mal distribuida, origina casos de miseria. La frecuente inercia o el desinterés de los que acceden al poder contribuye a mantener esta lamentable situación.
Dicha situación de miseria, que a menudo es crónica, genera no sólo frustración e instintos destructivos sino que es causa de inseguridad y de temor lo que, como lo destaca el estudio de UNESCO, constituye un factor inhibitorio, paralizante, de la libre realización personal (31). ¿Qué desarrollo integral del ser humano se puede esperar de personas sumidas en la miseria, donde su única preocupación es cómo sobrevivir día tras día?. Lo grave es que en muchos países, el Perú entre ellos, no sólo es impracticable el precepto constitucional de elegir libremente un trabajo sino también lo es el derecho de tener simplemente un trabajo. Viene a nuestra memoria, a este propósito, una reflexión de Santo Tomas de Aquino --que nos marcó desde jóvenes-- sobre la imposibilidad de iniciarse en la vida de la virtud cuando se carece de un mínimo de bienes materiales.
Analizando la situación del Perú, el estudio que venimos glosando señala que el potencial de realización personal de buena parte de la población peruana, que calcula en un 75% de la pirámide socioeconómica, está por debajo de los mínimos humanos, por lo que es prioritario el satisfacer las necesidades básicas de trabajo, educación, salud, vestido y vivienda. En este contexto, la "diferencia entre el potencial de realización y el realmente existente puede ser expresada en cifras que, para este pueblo, constituyen violencia cotidiana en términos estadísticos". Esta violencia afecta, como se ha señalado, no sólo las realizaciones individuales sino también las colectivas (32).
14. EL SISTEMA ECONÓMICO Y LA VIOLENCIA ESTRUCTURAL
La injusticia irrita y subvierte. Para las gentes sensibles resulta intolerable. Para el común de ellas, es inadmisible. La injusticia es frustrante. En general, representa un decisivo factor de presión que acrecienta la violencia estructural.
En algunos casos es injusto el sistema económico en sí mismo, en el cual existe una brecha notoria entre los sectores que ostentan un alto grado de riqueza y de poder político y aquellos otros donde campea la extrema pobreza y el desamparo. Como se ha observado por los economistas "existe germen de violencia o realidad de violencia cuando algunos tienen disponibilidad, abundante y creciente, de recursos iniciales y otros no la tienen". Existe violencia "cuando el intercambio real ofrece ventajas a unos y penaliza a otros, justamente en la línea de reforzar los privilegios iniciales". Existe violencia "cuando algunos pueden ejercer el derecho de ser usuarios eficientes de la propiedad de su fuerza de trabajo y otros están limitados o excluidos". En economía, la violencia se expresa "en formas de privación, exclusión y despojo" (33).
Juan Pablo II en reciente Encíclica, ante la creciente violencia y las injusticias que se observan en el mundo reflexiona y se pregunta ¿Cómo no pensar también en la violencia contra la vida de millones de seres humanos, especialmente niños, forzados a la miseria, a la desnutrición y al hambre, a causa de una inicua distribución de las riquezas entre los pueblos y las clases sociales?, ¿o en la violencia derivada, incluso antes que de las guerras, de un comercio escandaloso de armas, que favorece la espiral de tantos conflictos armados que ensangrientan el mundo? (34).
Esta situación alcanza dimensiones estructurales cuando un sector apreciable de la población "está privado del consumo esencial, en materia de principales necesidades básicas" (35). A este sector desposeído, sumido en la extrema miseria, "le es imposible hallar, dentro del sistema, lo necesario para subsistir dignamente como persona, por lo que el sistema mismo está organizado de manera que ni por vía del trabajo propio, ni aun por el de la asistencia, alcanza a cubrir sus necesidades". Y, como se hace notar en el valioso trabajo de la APEP que venimos glosando, "la disyuntiva final entre trabajo propio o asistencia es ya violenta, porque se entiende que toda persona debe tener derecho a ganar dignamente, con su trabajo, lo que es necesario para ella y su familia". De ahí que la existencia de altas tasas de desempleo o semiempleo "configura una situación de violencia por exclusión del derecho al trabajo y al capital necesarios".
La imposición de un sistema económico de corte ultraliberal y mercantilista en los países en vías de desarrollo, si bien ha generado un cierto crecimiento económico, ha detenido un galopante proceso de hiperinflación así como ha obtenido un ostensible mejoramiento en los indicadores macroeconómicos, ha creado, paralelamente, un patente malestar y tensión social al verse frustradas las expectativas de mejoramiento de la calidad de vida de amplios sectores económicamente preteridos. Ello, como expresión que dicho crecimiento no ha logrado superar o aliviar la extrema pobreza, ofrecida y esperada por uno --los que gobiernan-- y por otros --los supuestos beneficiarios--.
Como recientemente observaba Cecilia Montero, Presidenta de la Sociedad Chilena de Sociología, refiriéndose al modelo económico imperante en su país hace ya casi dos décadas desde la instalación de la dictadura de Pinochet, "mientras más crece la economía más evidente se hace el malestar social". Esta paradoja, después de un tiempo de vigencia del sistema económico, muestra cómo los beneficios alcanzados no llegan o llegan de modo insuficiente a los sectores desposeídos, a los que no pueden competir en el mercado por absoluta carencia de recursos. La "percepción de la persistencia de la pobreza y de las disparidades de ingreso, aumento de la inseguridad ciudadana, deterioro del medio ambiente, conflictos sociales en los servicios públicos, desconfianza, estrés, son las expresiones de una década de crecimiento sostenido" (36) ¿Es acaso incompatible el crecimiento económico con una mejor distribución de la riqueza, con un real y efectivo aumento en las oportunidades de trabajo?.
El modelo económico ultraliberal en referencia, que proclama una economía de mercado sin límites ni control, impone un enfrentamiento de valores "como los de la competencia frente a la cooperación, el individualismo frente a la solidaridad y la lealtad, o la eficiencia y el lucro frente a la honestidad y la justicia" (37). Se requiere revisar el modelo, hacer los ajustes necesarios para intentar superar sus inconvenientes, limar sus aristas, sus excesos, sus consecuencias contrarias al interés de aquellos que no pueden intervenir ni competir en el mercado por carecer de recursos mínimos iniciales. Debe tenderse a la armoniosa conjunción de los valores éticos y aquellos económicos, único camino para lograr la pacificación social cierta y duradera que asegure una sana convivencia.
Las ventajas innegables de la libertad económica genera situaciones de injusticia cuando ella se ejerce abusivamente, descomedidamente, sin frenos o controles mínimos indispensables para no afectar o ignorar a los desposeídos. En el ejercicio de cualquier libertad del ser humano, amparada por un derecho subjetivo, existe el genérico deber de no dañar al otro. ¿Se cumple esta regla de oro jurídica en las relaciones económicas que se dan en los sistemas de economía ultraliberal?.
Al referirse al problema del sistema económico en referencia, Juan Pablo II, con razón, se pregunta: ¿No convendría acaso revisar los mismos modelos económicos, adoptados a menudo por los Estados, incluso por influencias y condicionamientos de carácter internacional, que producen y favorecen situaciones de injusticia y violencia en las que se degrada y vulnera la vida humana de poblaciones enteras? (38).
15. EL IMPACTO DE LA VIOLENCIA ECONÓMICA Y LOS COMPORTAMIENTOS HUMANOS
La violencia económica impacta negativamente en los comportamientos humanos, creando creciente insatisfacción y frustraciones, en la medida que los seres humanos integrantes de una comunidad en la que ella está presente, no logran satisfacer sus necesidades primarias. Es decir, cuando no se alcanza el mínimo de recursos que todos los seres humanos de una misma sociedad deben compartir para estar en un punto de partida equivalente, desde el cual ejercitarán, como está dicho, sus propias cualidades y diferencias, en cuanto seres únicos, para lograr su realización personal dentro de una realización colectiva, es decir, en otros términos, alcanzar el bien común.
Al referirnos a las necesidades primarias no sólo comprendemos las básicas de carácter económico sino también las de orden espiritual y cultural, en tanto el ser humano constituye una unidad psicosomática sustentada en la libertad.
La violencia estructural, con su decisivo componente económico, se instala en aquellas organizaciones sociales donde no existe una justa distribución de la riqueza. Los regímenes económicos ultraliberales permiten mejorar, como se ha anotado, los indicadores macroeconómicos, arrojando cifras satisfactorias en cuanto a la inflación o al producto bruto interno. Pero estas cifras, satisfactorias para los operadores del sistema o para los acreedores de un determinado país en vías de desarrollo, no se traducen en ninguna o casi ninguna mejoría en el nivel de vida de importantes sectores de la población donde los desafortunados observan que sus salarios están prácticamente congelados o, lo que es peor, no encuentran un puesto de trabajo disponible ni vislumbran una mejoría en el futuro, entre otros factores, por la carga pesada que significa satisfacer una agobiante deuda externa.
Es fácil comprender el impacto negativo que esta situación económica produce en una sociedad donde persiste y se acrecienta la brecha entre los que muchos poseen y los que nada tienen. No es un misterio que la insatisfacción está presente, cuando no la desesperación, frente al no poder atender las necesidades básicas de la familia. Esta presión puede desembocar, en algunos casos, en el aumento de la delincuencia común, en la cual la gente actúa, en algunos casos, movida por apremiantes urgencias provenientes de la propia subsistencia. No es tampoco descartable que esta situación de violencia estructural otorgue a los terroristas, imbuidos de ideologías sustentadas en la violencia, un pretexto para atentar contra el ser humano y sus bienes.
Luego del breve análisis del impacto de la violencia estructural podemos vislumbrar que nos encontramos ante un daño de tal naturaleza y magnitud, que al igual que aquel que se ejerce sobre el medio ambiente, afecta y compromete a amplios sectores de las poblaciones de los países del Tercer Mundo. Daño económico del que somos todos simultáneamente víctimas y responsables en la medida que no contribuimos, dentro de nuestras posibilidades, a denunciar sensatamente y a remover pacíficamente las causas de este inveterado daño del que poco o nada se refiere de parte de los juristas.
16. EL RETO DEL FUTURO
Lo grave de la situación derivada de la violencia estructural descrita en las páginas precedentes es que, en muchos casos, no se vislumbra una solución, al menos inmediata. Por el contrario, ella tiende a empeorar por el explosivo crecimiento demográfico, el constante menoscabo en los servicios de educación y salud, los alarmantes índices de falta de vivienda y obras sanitarias elementales, la inflación que corroe la capacidad adquisitiva o las políticas de ajuste, conocidas en algunos medios como "shocks", la incapacidad del Estado y del sistema para generar nuevos puestos de trabajo así como para lograr una mejor distribución en las participaciones económicas.
El mundo se enfrenta, desde siglos, a una crisis en cuanto a las históricas insuficiencias mostradas por los sistemas de organización social que han regido o rigen el mundo, en el que deberían primar los valores supremos de la convivencia humana. En unos se sacrifica la libertad personal en aras de una supuesta justicia social, lo que es inadmisible, mientras que en otros se salvaguarda, al menos, la libertad pero no se logra superar la injusticia que sume a miles de millones de seres humanos en la pobreza extrema. Frente a esta disyuntiva el ser humano ha imaginado sistemas alternativos pero sin lograr aún el ideal perseguido para lograr una pacífica convivencia donde la violencia estructural desaparezca o, por lo menos, disminuya en intensidad. Se busca, tal vez por unos utópicos, un sistema que supere las limitaciones de los modelos que han regido las comunidades nacionales.
La pregunta que surge, frente al cuadro que somera y esquemáticamente hemos planteado a través de estas breves páginas, se contrae a saber si es posible que la humanidad encuentre alguna vez, por medios razonables y pacíficos, una tercera vía, un nuevo sistema que conjugue, hasta donde ello es factible y aconsejable, lo que de positivo, en mayor o menor grado nos muestra la experiencia histórica en cuanto a los diversos sistemas que han sido experimentados por la humanidad.
Mientras ello ocurra, con sentido realista, debemos esperar que las mentes lúcidas y la clase dirigente, tomen conciencia de que el valor supremo en las relaciones humanas no es exclusivamente el crecimiento económico sino aquellos valores de corte humanista y libertario que justifican la existencia. Es necesario superar la carencia de proyectos de contenido ético, presididos por los más importantes valores que inspiran las relaciones humanas.
Si esta fuese la concepción axiológica predominante se comprenderá, rápida y fácilmente, que para evitar llegar al "umbral" o punto de ruptura en lo que a la violencia estructural se refiere, se debe intentar promover y ejecutar las reformas económicas, políticas y sociales esenciales y urgentes que, en cada comunidad y según el caso, aminoren las tensiones y presiones que configuran la violencia estructural. Ello se sintetiza en la predominante vivencia del valor solidaridad, en la obtención de una mejor y justa distribución de la riqueza y en la superación, hasta donde sea posible, de todo tipo de injusticias actuantes en el seno de la sociedad.
Para lograr una mejoría en la lamentable situación en que están sumidos vastos valores de las poblaciones de los países del Tercer Mundo por el impacto de la violencia económica, los economistas deben dejar de lado la ilusoria dictadura del PBI como indicador de la salud de un pueblo. Está demostrado que se trata de una medición errónea, pues no hace patente las terribles desigualdades que en materia de ingresos ocurren en el seno de los países en vías de desarrollo. Al fin, y como tenía que suceder en algún momento del devenir histórico, el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) está utilizando un indicador más realista del desarrollo humano, el mismo que combina el nivel de educación de un pueblo con los reales ingresos percibidos por sus integrantes y la longevidad alcanzada por sus habitantes. Mediante la utilización de este indicador se puede medir, con mayor aproximación, el grado de adelanto de un país en relación con la capacidad humana básica, sin necesidad de descartar el ilusorio PBI.
Para que un país intente superar la violencia estructural, alimentada por la pobreza extrema que lo constriñe y abruma, sus dirigentes deben modificar su mentalidad materialista y vivenciar una escala de valores donde no predominen exclusiva y prioritariamente aquellos económicos, emprender los ajustes necesarios para su justa distribución de la riqueza, fomentar el ahorro interno, promover las exportaciones y formar una población activa suficientemente capacitada así como poseer conocimientos tecnológicos que permitan su desarrollo. Lamentablemente, estas condiciones no están dadas en el ámbito latinoamericano, por lo que todos los esfuerzos deben concentrarse en lograr dichas metas. Mientras ello no se produzca, mientras los países sigan atados a modelos económicos impuestos desde el exterior que, a menudo, tienen como principal objetivo lograr el pago de la deuda externa, la violencia estructural estará presente y, no sería raro, que se sufran en algún momento y con mayor intensidad sus efectos negativos.
Por nuestra parte, coincidimos con Sergio Cotta cuando sostiene que, si bien no está en nuestras manos contrarrestar la violencia estructural, tenemos el compromiso, por respeto al ser humano y a nosotros mismos, de intentar superarla a través de una sostenida cooperación con los que trabajan tesonera y desinteresadamente por la pacificación.
NOTAS
(1) COTTA, Sergio. "Las raíces de la violencia. Una interpretación filosófica", Eunsa, Pamplona, 1987, pág. 9. (traducción de la versión en italiano de 1978).
(2) GENOVES, Santiago. "Expedición a la violencia", Fondo de Cultura Económica, México, 1991, pág. 7.
(3) Hace alrededor de treinta años, por ejemplo, Washington, Nueva York, Río de Janeiro, Lima o Miami eran ciudades seguras, tranquilas, en las cuales se discurría sin preocupaciones. Actualmente, como lo comprueba cualquier viajero, la situación es diferente. En dichas urbes campea la violencia. Está presente en el ambiente que nos rodea. Así mismo, la televisión penetra en nuestros hogares con constantes escenas de violencia dirigidas tanto al público adulto como a los menores de edad. Estos últimos se forman dentro de una cultura televisiva que les muestra a seres violentos como paradigmas a imitar.
(4) MAC GREGOR, Felipe. En el Prólogo al volumen "Violencia estructural en el Perú. Marco teórico", Asociación Peruana de Estudios e Investigación para la Paz (APEP), Lima 1990, pág. 13
(5) GENOVES, Santiago. "Expedición a la violencia", pág. 54.
(6) MAC GREGOR, Felipe. En "Violencia estructural en el Perú. Marco teórico", pág. 17.
(7) En el desarrollo de esta cuestión seguiremos de cerca el valioso estudio, antes mencionado, "Violencia estructural en el Perú. Marco teórico" que editara la "Asociación Peruana de Estudios e Investigación para la Paz", que dirige Felipe E. Mac Gregor S.J., quien ha contribuido, de manera notable y constante, al esclarecimiento de los graves problemas de la violencia y la paz en el Perú de los últimos años. Se trata de un estudio profundo, consistente, bien fundamentado y realista cuya lectura es indispensable para los fines que perseguimos. En estas páginas nos valemos, en gran medida y en muchos tramos, de sus análisis, reflexiones y hallazgos.
(8) GALTUNG, Johan. "Violencia, paz e investigación sobre la paz" en "Sobre la paz", Edit. Fontamara S.A., Barcelona, primera edición, 1985.
(9) Las dos primeras ediciones fueron publicadas en Lima en 1985, habiendo aparecido luego sucesivas ediciones de esta importante y esclarecedora obra.
(10) GALTUNG, Johan. "Sobre la paz", pág. 30.
(11) "Violencia estructural en el Perú. Marco teórico", pág. 21.
(12) Esta aguda y certera crítica del planteamiento de Galtung se encuentra en "Violencia estructural en el Perú. Marco teórico", págs. 20 a 22.
(13) El informe, suscrito por los senadores Enrique Bernales Ballesteros y César Delgado Barreto, de fecha 22 de julio de 1988, figura como apéndice de la cuarta edición de "Siete ensayos sobre la violencia en el Perú", antes citado, que apareció en la cuarta edición de 1989 que hemos tenido a la vista.
(14) Esta opinión aparece en "Siete ensayos sobre la violencia en el Perú", cuarta edición, págs. 268-269.
(15) APEP, "Violencia estructural en el Perú. Marco teórico", pág. 29.
(16) APEP, "Violencia estructural en el Perú. Marco teórico", págs. 29 y 30.
(17) APEP, "Violencia estructural en el Perú. Marco teórico, pág. 33.
(18) APEP, "Violencia estructural en el Perú. Marco teórico, pág. 35.
(19) APEP, "Violencia estructural en el Perú. Marco teórico, pág. 36.
(20) APEP, "Violencia estructural en el Perú. Marco teórico, pág. 37.
(21) APEP, "Violencia estructural en el Perú. Marco teórico", pág. 39, citando a J. Galtung.
(22) Citado por "Violencia estructural en el Perú. Marco teórico", pág. 39.
(23) BOULDING, Kenneth E. "Twelve Friendly Quarrels with Johan Galtung", en "Journal of Peace Research", No 1, Vol. XIV, 1977, pág. 83-84, citado por el estudio de la APEP sobre "Violencia estructural en el Perú. Marco teórico", pág. 53.
(24) APEP, "Violencia estructural en el Perú. Marco teórico", pág. 54.
(25) APEP, "Violencia estructural en el Perú. Marco teórico", pág. 49.
(26) APEP, "Violencia estructural en el Perú. Marco teórico", pág. 57 y sgts.
(27) JUAN PABLO II, "Evangelium vitae", pág. 33.
(28) MOSSET ITURRASPE, Jorge, "Los daños en una economía de mercado", ponencia presentada en el II Congreso Internacional de Derecho de Daños reunido en la Universidad de Lima en 1996.
(29) JUAN PABLO II, "Evangelium vitae", pág. 41.
(30) JUAN PABLO II, "Evangelium vitae", pág. 22.
(31) UNESCO, "Los fundamentos filosóficos de los derechos humanos", pág. 40, cit. por APEP.
(32) APEP, "Violencia estructural en el Perú. Marco teórico", pág. 34.
(33) APEP, "Violencia estructural en el Perú. Marco teórico", pág. 62.
(34) JUAN PABLO II, "Evangelium vitae", Editorial Salesiana, Lima, s/f, pág. 20.
(35) Según cálculo de las Naciones Unidas que se remonta a 1995, alrededor de 1,500 millones de personas viven en el mundo con menos de un dólar diario.
(36) Esta afirmación aparece en el diario chileno "La Epoca" y es citada por Carlos Fernández Fontenoy en "Cuando Chile se mira en el otro espejo", diario "El Comercio", Lima, 30 de marzo de 1997.
(37) FERNANDEZ FONTENOY, Carlos, "Cuando Chile se mira en el otro espejo", "El Comercio", Lima, 30 de marzo de 1997.
(38) JUAN PABLO II, "Evangelium vitae", pág. 33.