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miércoles, 26 de diciembre de 2007

LOS TRATADOS DE PERÚ Y ECUADOR: ENTRE ESCILA Y CARIBDIS

LOS TRATADOS DE PERÚ Y ECUADOR: ENTRE ESCILA Y CARIBDISSigifredo Orbegoso V.*- (Perú)
Al momento de escribir estas notas, los medios de comunicación informan sobre el resultado del referéndum convocado por el Frente Patriótico Amazónico en Iquitos. La ciudadanía loretana abrumadoramente ha votado en contra del "Acuerdo Amplio de Integración Fronteriza, Desarrollo y Vecindad" y del Tratado de Comercio y Navegación suscritos con el Ecuador. Por añadidura han acordado constituirse en Región Autónoma.
La pregunta capital que desde una perspectiva fundamental nos parece inevitable formularse, es la siguiente: ¿Esa es la respuesta o, mejor, la alternativa de "solución" ante la firma de un Acuerdo y de un Tratado que se consideran inaceptables -según esa posición- por ser lesivos a los derechos del Perú? En otras palabras: luego de estas consultas populares, ¿cuál es la decisión concreta y, naturalmente, factible, que se plantea frente a unos tratados que ya han sido aprobados, bien o mal, de acuerdo con unos o con otros, por los órganos estatales competentes tanto del Perú como del Ecuador?. Pues a estas alturas el proceso de pacificación y solución al problema fronterizo, formalmente está terminado. Lo único que falta es llevarlos a la práctica. Es decir, ante el resultado del referéndum, ¿cuál es la suerte que deben correr ambos tratados?. Se los critica acerbamente pero ¿se los acepta?. O bien se los rechaza y se pide al gobierno de Fujimori que "denuncie" tales convenios internacionales. ¿Este será un camino viable?. El otro sería que de hecho la región por su lado desconozca dichos convenios y, en algún momento, de las palabras pase a la acción para impedir que se cumplan, con cuya actitud, se entraría, sin lugar a dudas, en la hondonada de un mayúsculo problema a la vez interno e internacional que nadie podría saber cómo ni cuándo salir de él.
Por sus consecuencias para la región selvática y para el país, sería peor que si se hubiera perdido la guerra con el vecino del norte en cuyo caso la unidad nacional, aún en la derrota, podría salir fortalecida. En cambio, de acuerdo con esta indeseable situación, tendríamos un frente interno gravemente dividido y probablemente un Ecuador nuevamente beligerante exigiendo el cumplimiento de lo pactado.
El asunto no es nada fácil sin duda. Parece perderse de vista que, independientemente de la apreciación personal o colectiva, que nos merezcan los indicados tratados, la cuestión crucial finalmente es: ¿Qué vamos a hacer frente a ellos?. Mientras esta pregunta no sea absuelta, se entiende en forma seria y responsable, las cosas no pasarán de algazaras que pueden significar un explicable estado de ánimo, de irritación y descontento; pero de ningún modo una alternativa concreta de solución. Y de esto y no de otra cosa es de lo que se trata. Incluso, de constituirse Loreto en una Región Autónoma, ¿por este solo hecho se va a desconocer o inaplicar los tratados firmados por el Perú? ¿Se tiene conciencia de toda la problemática jurídica, política y económica que subyace de adoptarse esta nueva condición, al margen del problema en sí que supone el litigio pendiente? El asunto está en resolver problemas y no en agravarlos penetrando en callejones sin salida.
Nadie, desde luego, defiende el hecho deplorable y censurable de abandono en que toda la vida se ha mantenido a la región de la selva no sólo en el norte sino en el oriente y en el sureste del país. Tampoco se puede dejar de reconocer el resentimiento que esta situación ha generado por décadas en el alma loretana. Se entiende y justifica. Pero para esta situación específica hay que buscar los caminos, las soluciones adecuadas sin confundirlas con los acuerdos de Paz. Y, naturalmente, sin abdicar al derecho que tienen de reclamar y protestar contra ese abandono de todos los gobiernos que han padecido. Pero confundirlo todo, sin hacer deslindes, implica quedarse en el grito ingenuo del niño que reclama algo que necesita o protesta por algo que no le gusta, pero no atina a proponer soluciones o no puede resolver por sí mismo el problema por el que protesta.
La quimera de una solución ideal
Lo cierto es que, luego de un suspenso generado por una moratoria informativa convertida en despropósito en relación con los fines que supuestamente perseguía, casi de un momento a otro se firmó el Acuerdo y el Tratado para poner fin de modo formal y solemne a disputas fronterizas de más de un siglo de duración, incluyendo varios conflictos bélicos en los últimos 50 años. Lamentablemente producido tan ansiado y perseguido evento en ambos pueblos han quedado, por desgracia, una gran desazón porque las cosas no salieron como cada cual las quería. En un asunto de suyo complejo, técnico y con tanta carga emocional en cada pecho, iba a ser muy difícil, sino imposible, que se encontrara una solución que satisficiera a todos. Aún, creemos, que si hubiera existido un amplio debate previo a la firma del Acuerdo, probablemente tampoco hubiéramos coincidido entre peruanos y lo propio hubiese ocurrido entre ecuatorianos. Difícil, por ejemplo, que Moncayo y Gallardo se hubiesen puesto de acuerdo con Mahuad, para no citar nombres de algunos peruanos, que si estos fueran los negociadores, por ambos lados, tendríamos una versión latinoamericana de "La Guerra de los Cien Años". Por lo demás, el problema siempre insuperable, hasta ahora, fue el de adoptar posiciones irreductibles entre los dos países, no importa que el uno estuviera respaldado por el derecho y el otro por una exuberante imaginación como las selvas que anhelaba anexar. Y ahí estuvo siempre el problema: ante posiciones irreductibles, se hace muy difícil el diálogo, y peor la solución. Pero en algún momento deberá imponerse la sensatez para no terminar en la vorágine de la guerra, cuyos resultados son siempre impredecibles, contrariamente a lo que nos diga Rambo en sus películas. Y muchas veces aunque se cuente con el triunfo. Ya el rey Piro II, 280 años a. de J.C., luego de vencer en las batallas de Heraclea dijo la histórica frase: "Una victoria más como ésta y estoy perdido". El vencedor resultó más afectado a la postre que el vencido.
Utilización política y particular del tema
Era de esperarse que frente a la firma del Acuerdo se produjeran opiniones discrepantes. Y era también previsible que, en uno u otro sentido, dichas opiniones fueran honestas unas y otras no. Es evidente que dentro de las últimas existen algunas notoriamente insidiosas y con un inocultable trasfondo político o de interés personal. Por ejemplo, hay quienes creen que todo es perfecto y esperan los mejores réditos políticos para una nueva e ilegal reelección. Otros al contrario manifiestan que todo está mal y, en consecuencia, habrá que sacar el mayor partido para frustrar dicha reelección. En ambos casos lo que les interesa es Fujimori, a favor o en contra. La defensa de la Patria, sus fronteras, constituyen una cuestión secundaria. Un pretexto, un medio para conseguir un fin. En un sintonizado programa televisivo, escuchamos a su conductor decir desaprensivamente a una congresista: "Pero Lourdes cómo has podido votar a favor del Acuerdo, sabiendo que con eso estás favoreciendo la reelección". Y así, pensamos -en uno u otro caso-, no se puede encarar y menos resolver un problema nacional de incuestionable importancia histórica. Peor si para estos compatriotas no existe nadie que pueda pensar con independencia y sin estar determinado por un interés fujimorista o antifujimorista. No conciben que alguien aunque sólo esté de acuerdo globalmente con la firma de la paz, sin embargo no está dispuesto a dar su voto para una reelección inconstitucional. Grave error. Un maniqueísmo revelador de quienes solamente ven el mundo en blanco y negro.
Por eso para quienes consideramos que se trata de dos cosas distintas y que existen compatriotas honestos capaces de mantener una posición desinteresada, vamos a expresar algunos conceptos al respecto. Por ejemplo muchos consideran que no ha debido cederse en nada; puesto que en el Protocolo todo estaba dicho. No tanto, afirmamos, porque si así hubiera sido, no habría habido necesidad del Laudo de Días de Aguiar ni de los "Pareceres" técnicos. Por mucho tiempo nuestra Cancillería sostuvo que el Perú no tenía ningún "problema" fronterizo con el Ecuador. Desde luego que desde nuestra perspectiva jurídica no lo había, pero el "problema" allí estaba: en los mapas ecuatorianos, en las infiltraciones y choques bélicos esporádicos, en la campaña internacional permanente de país despojado, etc. Y éste "era" el problema real que no podíamos soslayar y que muy a nuestro pesar debíamos liquidar. La delimitación de una frontera en la realidad -en una geografía tan difícil -inevitablemente necesita de una operación conjunta y generalmente algo más: garantes, árbitros, mediadores, etc. Sin embargo, en el presente caso, admitamos que camino a ese objetivo las concesiones otorgadas por el Perú han sido excesivas. Pero entonces también tendríamos que admitir que, en términos de realidad social debido a una errada política tradicional, Ecuador ha debido rectificar en casi 180 grados su puntería de "país ribereño" de nuestro Amazonas. Para nosotros es lo correcto, pero para ellos es una pérdida de un territorio que les correspondía. Así les habían inculcado por décadas los gobernantes ecuatorianos a su pueblo. Pero había llegado el momento de decirles la verdad y, además, aceptarla. Y éste es un asunto que no debe haber sido nada fácil y que no ha debido ser ignorado en una evaluación global del problema.
Como dijéramos en una oportunidad, hubo necesidad de ingeniarse para adoptar un procedimiento que salvaguardara a los presidentes y diplomáticos representantes de cada Estado de las acerbas críticas de sus connacionales. Se buscó así que asumieran dicha responsabilidad el mayor número de personas, por ejemplo los congresistas, e incluso los garantes, quienes exigieron carácter vinculante a su determinación, además de la aceptación previa por los congresos de cada Estado. Todo esto, además, hace suponer que no sólo se vivía un ambiente de cansancio sino de hartazgo ante discrepancias que no tenían cuándo terminar. Este es un punto que tocamos porque si en un futuro cercano volvieran a repetirse "impases" en una renovada actitud de mala fe o en una tozuda intemperancia para resolver nuestros problemas por cualquiera de las partes, poca disposición vamos a encontrar en países que quieran colaborar en la solución de tales diferendos. Y al estar por lo que estamos viendo, una solución bilateral sería imposible.
En el apasionado debate que ha quedado post-firma del Acuerdo de Paz entre el Perú y el Ecuador, existe una posición no por implícita menos evidente: las concesiones otorgadas por el Perú son inaceptables, sostienen algunos. El interrogante que cae por su propio peso es, ¿y entonces qué?, Aun no se ha respondido. Frente a los hechos consumados y al margen de los que creen que todo está bien, hay un versado sector de personajes como el ex-Canciller Ferrero, el ex-Jefe de la Delegación peruana Alfonso Arias Schreiber, entre otros, quienes a pesar de haber estado contra algunas de las concesiones, consideran que "globalmente" el Acuerdo es positivo y beneficioso para ambos países.
Pues bien. Está claro que el problema pendiente y que requiere solución alternativa, es el de la posición que sostiene el carácter inaceptable del Acuerdo, prácticamente su nulidad. Pero ante los hechos consumados y aparte de las incriminaciones atrabiliarias, ¿qué hacer?
¿Hacia una "Victoria Pírrica"?
Pensamos que para esta posición las alternativas lógicas podrían ser las siguientes, salvo mejor parecer:
1) Desconocer el Acuerdo; con lo cual no sólo regresaríamos a fojas cero sino que proyectaríamos, con el Ecuador, una pésima imagen ante el mundo: aparecer como pueblos semibárbaros incapaces de asumir derechos y obligaciones, o de asumirlos exclusivamente cuando nos conviene. Dejaríamos de ser, en el concierto internacional, sujetos de derecho. En el futuro ¿quién se arriesgaría a hacer de garante, mediador, árbitro o a suscribir cualquier otro convenio?
2) La otra alternativa que queda es la guerra. Y dentro de ella la guerra total pues las focalizadas que hemos tenido últimamente han sido desechadas por los estrategas militares que se han pronunciado, como Mercado Jarrín, Jarama Dávila y otros. (No hay que olvidar que Tiwinza se encuentra en una posición geográfica -altura- totalmente favorable al Ecuador, el que además cuenta con la cercanía de los puestos de Coangos y Banderas para los efectos consiguientes). Por lo demás, ahora ha quedado en territorio peruano.
Pues bien, no queda sino la guerra declarada y total. Analicemos sucintamente esta alternativa y para ello hagámoslo en la hipótesis más optimista: que la ganemos sin atenuantes. Ello, sin embargo, quedan flotando varias situaciones con sus respectivas interrogantes. Por ejemplo: los ecuatorianos ¿aceptarían una rendición incondicional inmediata y la suscripción de un tratado de paz de acuerdo con las nuevas condiciones que se le impondrían? Ni pensarlo. De no ser así, ¿estaríamos en aptitud de mantener un ejército de ocupación en forma indefinida como lo hizo la Alemania nazi con los vecinos a los que invadió luego de tirar al canasto el Tratado de Versalles?. ¿Existe conciencia de lo que esto significa en términos de hombres, dólares y equipo?
Alguien dirá: ¡para qué tanto!. Basta con invadir un par de provincias a las que habría que mantener en "prenda territorial" para obligar al Ecuador a delimitar las fronteras de acuerdo al Protocolo de Río. En esta coyuntura internacional y considerando la actitud que tendrían los menospreciados garantes -y dentro de éstos se encuentra Estados Unidos de N.A., por supuesto -¿podríamos tener algún eco favorable en cualquier organismo internacional o nos veríamos en un dramático aislamiento? Y esto si el Consejo de Seguridad de la ONU no toma una medida adversa; recordemos que no podemos darnos los lujos que se da Israel, por ejemplo. El panorama internacional no es el de la época del "Falso Paquisha", ni la correlación de fuerzas bélicas es la que existía con el Ecuador, entonces. No hace falta ser un estratega militar para darse cuenta de la diferencia.
Ahora, tengamos presente que hemos analizado la hipótesis en que nosotros ganamos la guerra ampliamente. La otra es mejor no imaginarla siquiera.
Pero aún en el caso de triunfar, todavía falta señalar algo: ninguna guerra se gana -y menos cuando se trata de límites- luego de la cual los soldados regresan tranquilamente a sus cuarteles. Será ¡inevitable suscribir un nuevo Tratado de Límites! y llevar a la práctica la delimitación correspondiente. Total, otra vez a lo mismo, con la diferencia de que si el Tratado, Acuerdo o lo que se llame no se firma voluntariamente en forma bilateral, difícilmente existirían Estados o sus gobiernos que se presten para ser garantes. ¡Tanto andar para retornar al mismo sitio!, y luego de un impredecible costo social, militar y económico. Por eso pensamos que sería una ¡verdadera victoria pírrica!
La Guerra que nos espera en el tercer milenio
Ahora, más allá de heridos sentimientos patrióticos y de tirrias recriminaciones -pues de todo hay- no deja de ser patético el comprobar que en la víspera de un tercer milenio para la Humanidad, en algunos países del mundo todavía se litigue y se vaya a la guerra entre vecinos por diferendos limítrofes. Cuando justamente en otros continentes hace rato ya se borran fronteras, se elimina visas y pasaportes, los países económicamente se integran en sólidas comunidades, etc. Pero lo que es más importante: cuando no es ya sólo el Estado el que elabora o impone leyes sino son Parlamentos continentales como el europeo. Cuando además existen, igualmente, Tribunales multinacionales y se tiende a una legislación mundial para los derechos humanos, por ejemplo (Sino Pinochet no estaría en apuros). Cuando todo esto ha dejado de ser teoría y es ya realidad, todavía nosotros, en Sudamérica, nos trenzamos en aciagas discusiones limítrofes como cuando en el mundo imperaban las políticas basadas en la dimensión de los territorios: el expansionismo, el anexionismo, los "espacios vitales" y otras formas de un imperialismo territorial rapaz.
Claro está, que todo ello, desde luego, no fue simplemente una cuestión de ideas que hoy las vemos trasnochadas, no. Era que entonces la riqueza de las naciones dependía del que tenía más tierras, materias primas como petróleo y minas, etc. Todo lo cual estaba naturalmente vinculado al territorio. Pero ahora ¿qué nos dicen los futurólogos, los expertos en el desarrollo del mundo del milenio cuyas puertas estamos tocando sin querer?. Simplemente esto: la riqueza y el poder de los Estados del futuro residirá en su elemento humano. El país que tenga a los mejores investigadores científicos, a los profesionales mejor preparados, de acuerdo con la época, a los técnicos y a las tecnologías más adecuada, así como a la mano de obra calificada y en el mayor número, serán los países triunfantes. Las nuevas fortunas no dependerán de las materias primas sino de la tecnología. Para muestra, ahora mismo, ahí está el Japón, en una isla en la que lo que más abunda son japoneses y terremotos para acomodarlos.
Resulta así, pues, palmario que por estas latitudes todavía no vislumbremos el reto que nos espera a la vuelta de la esquina. De lo contrario nuestros vecinos ecuatorianos se habrían dado cuenta que aún con el "falso Paquisha" o la "Cueva de los Tayos" en "su" territorio, el Ecuador no va a cambiar un ápice lo que es. Cambiará y será fuerte cuando sus ciudadanos se esfuercen e ingenien para conseguir el desarrollo que exige la hora presente. Y ésta será una "guerra" muy dura que no se ganará con misiles ni k-fires. La juventud que va a vivir el primer medio siglo que viene debiera saberlo: en él la mayor virtud será el trabajo altamente calificado y el peor vicio la pereza improductiva. Nuestras fronteras en la selva se defenderán solas cuando sean "fronteras vivas" y no parajes abandonados de los que solamente tomamos noticia cuando son invadidos. A la Madre Patria, como a las otras hay que amarlas y cuidarlas permanentemente y no sólo cuando están en "artículo mortis".
¿Qué hacer ahora?
Si como parece, por el lado del gobierno peruano y del ecuatoriano y, peor aún, del Derecho Internacional, los acuerdos suscritos son irreversibles, en la teoría y en la práctica, lo más sensato sería sacar el mayor provecho de ellos a fin de no caer en un negativismo que no conduce a nada y lo empeora todo.
De acuerdo con este propósito, el pensamiento y la acción podrían estar orientados en dos direcciones:
1.- Iniciar desde las esferas oficiales y desde las ciudadanas, una severa fiscalización del riguroso cumplimiento de los tratados suscritos. Esto es, que los plazos como todo lo estipulado en ellos, se cumpla de acuerdo al espíritu y la letra con que han sido concebidos. Y tomar las medidas inmediatas que correspondan si ocurriera lo contrario.
2.- Sin pérdida de tiempo, iniciar desde las mismas esferas, un amplio Plan de Acción Integral para el desarrollo de la zona de Loreto y de las demás regiones de la selva. En el caso del Tratado de Libre Navegación, expertos en las diferentes materias comprometidas en su implementación, deberán unir esfuerzos para concebir primero y llevar a la práctica después, los planes sectoriales, respectivos que permitan sacar el mayor partido a las posibilidades que pueda brindar las cláusulas de dichos tratados. Claro está que fuera de las concesiones que técnicamente y por su naturaleza corresponden a los ecuatorianos, no puede haber ningún trato o privilegio que vaya en desmedro o perjuicio de los loretanos. La ayuda económica interna y externa debe ser masiva y, naturalmente, muy bien administrada, pues debe tenerse presente que "la gran batalla" que en última instancia será decisiva para el futuro de cada país, es la que se gana en el campo económico y social. No en arrebatos territoriales por obtener más o menos palmos de tierra en el marco de enormes selvas abandonadas, sin que esto quiera decir que tenga que cederse sumisamente a la rapacidad de nadie o a claros actos de mala fe. Ningún sentimiento patriótico, por justo que fuera, debe hacernos perder de vista los ideales de nuestros próceres ni las realidades que ya las vemos en otros continentes: la integración de los pueblos y los Estados. A eso debemos propender. Pese a los defectos que los tratados de hoy puedan tener, a las incógnitas que ellos plantean y a las dudas que sobre su cumplimiento futuro susciten. Después de todo los convenios entre los hombres han tenido toda la vida sus riesgos, lo que nunca ha significado que ante esa eventualidad hayan dejado de firmarse. El mundo sin ellos sería mucho peor aún con algunos convenios incumplidos. De allí la propuesta que nos parece pertinente: vigilancia y disposición a ganar la batalla en verdad trascendente y definitiva que no puede ser otra que la del desarrollo económico y social. Hay que alentar la convicción de que pasaremos indemnes entre Escila y Caribdis.