ADVERTENCIA

CADA ENTRADA INICIA CON EL TÍTULO DEL TEXTO Y EL NOMBRE DEL AUTOR.

sábado, 5 de enero de 2008

MATRIMONIO Y FAMILIA: REALIDAD Y ESPERANZA

MATRIMONIO Y FAMILIA: REALIDAD Y ESPERANZA Róger RODRÍGUEZ ITURRI - PERÚ (Lima)
Ningún pueblo del viejo continente asiático, ninguno otro de Africa, ninguna de sus paradigmáticas culturas orientales: china, india, persia, caldeo-asiria, hebreos o egipcios, dejan de mencionar en la historia de su cultura, la presencia de la institución del matrimonio, y la de la institución de la familia.
Y si este fenómeno acaeció en oriente, las predominantes culturas europeas occidentales, Grecia y Roma, no hicieron sino continuar la misma pauta.
Y porque la cultura es "estilos de vida diversos y escalas de valor múltiples... en las que se inserta el hombre...", al decir del Vaticano II, es que los pueblos de ayer y hoy, según sus vivencias, según sus tradiciones y sus usos, han tenido y tienen peculiaridades, rasgos y características que improntan en cada caso a la institución del matrimonio.
Entre los egipcios el matrimonio tuvo resabios de matriarcado, más de la poligamia evolucionó a la monogamia; los hebreos, mentores del cristianismo, se inscribieron primero en fórmulas matrimoniales poligámicas, con derecho al repudio incluido, para derivar en el matrimonio monogámico, que habría aparecido entre ellos, a fines del siglo IX de la era cristiana; los griegos fueron inicialmente polígamos, pero entre ellos los espartanos no; la ley civil de los persas toleró el llamado "matrimonio a plazo", vencido el cual podía renovarse o no la alianza entre el varón y sus mujeres, pues la unión marital tuvo entre ellos sustrato poligámico; los antiguos romanos fueron monógramos, en tanto los germanos evolucionaron desde la poligamia hasta la monogamia.
Sea como fuere, según Morgan, en "La Sociedad Primitiva", parece prudente aceptar "que no se puede hablar en la historia de un solo concepto matrimonial", y en la ruta de la enseñanza de "Historia del Matrimonio en la Especie Humana" de Westermark, "parece evidente que no hubo etapa del desarrollo humano en que no haya existido la unión matrimonial". Las fórmulas poligámicas de unión, las poliándricas, la monogamia y los matrimonios por red, tipifican la historia de la cultura y de la familia en el universo.
Pero a los asertos antes indicados, no escapa nuestra realidad cultural. Desde las primeras noticias del incario, sabemos que el matrimonio fue de tono poligámico para el inca y para su nobleza, y más bien monogámico para el pueblo. En todo caso, y sobre ello parece no dudar la historia, el carácter y la naturaleza del matrimonio andino marcó serias distancias con el matrimonio occidental y cristiano, que instauró luego la Iglesia en América.
Aun cuando por largo tiempo ha sido asunto debatido, las tendencias modernas se inclinan seriamente por aceptar que durante la época previa a la conquista española, y luego de ella también, rigió entre los indígenas de América un tipo de matrimonio al que algunos llamaron "servinacuy". La denominación varía según la región: se llama warmichakuy en el Cuzco, ujtasiña y sirvinakuy en parte de Puno, uywanakuy, servinaki o rimaykukuy en Ayacucho, phaway tinkuska en Apurímac, ch'ampatiqraqchay en Huancavelica, muchada, civilsa o civilia en Junín, la pañaca sirvinakuy o sirvicia en Huánuco, mushiapanaki, tinkinakuspa, watanakuy, taatsinakuy, mansiba o sirvinakuy en Ancash. Sin embargo, no está, a nuestro juicio, suficientemente esclarecido, si se trata sólo de diferentes nombres de un mismo fenómeno, o si aquellos esconden fenómenos diferentes en aspectos esenciales. Aparte de permitir la comprobación de que el fenómeno se da en extensas zonas de la sierra central y meridional del país, no hay todavía datos bastantes para encontrar los elementos que uniformen la figura. Se trata, en todo caso, de un fenómeno socio-cultural de muy antigua raigambre, principal pero no exclusivamente en el Perú. Pero el arraigo del servinakuy debió haber sido muy hondo, desde que los españoles tropezaron con gran dificultad en su intento, no siempre logrado, de extirparlo.
Con el inicio de la presencia española en el Perú, operará el fenómeno de transculturación del modelo de la familia castellana, con implantación de tal tipo matrimonial e institucional cristiano en esta parte de América. El matrimonio entonces, quedará sometido a una muy importante penetración religiosa, en la que la concepción del sacramento se unirá indisolublemente a la del contrato, tal como lo explicitó al mundo del Concilio de Trento en 1563. Y así, entre otros signos, la unión conyugal quedará marcada con el carácter de perpetua.
Es el matrimonio entonces el principio, y el origen de la familia. Y la familia, en nuestro medio será cristianizada. Occidentalizada y cristianizada, la familia, tal como deviene de su espíritu, se reafirmará como célula básica de la sociedad; entidad natural y primera; unidad jurídica, social y económica; pero principal y fundamentalmente comunidad de amor y de solidaridad, que resulta insustituible para la enseñanza y para la transmisión de los valores culturales, sociales, espirituales y religiosos.
¡Sí!, porque la familia tiene funciones excepcionales.
Cierto es que a su naturaleza le alcanzan aún funciones económicas; pero bastante por encima de éstas, a la familia le corresponde una misión sublime, profundamente humana y espiritual.
La canalización al interior de ella de todo ese maravilloso ímpetu que significa la sexualidad, todo el rol procreativo, qué duda, son maravillosas y excelsas misiones familiares. Pero su rol, su responsabilidad, su gravísima impronta en el ámbito del afecto y de lo educativo, son de una excepcional y suprema trascendencia.
El rol psico-afectivo de la familia es preponderante. El afecto resulta indispensable para reservar el equilibrio emocional y mental, inclusive para la salud física, de los miembros de la familia. Y la familia debiera ser aquella entidad regular, siempre dispuesta a proveer, en forma natural, de tal alimento espiritual a los suyos.
A la función afectivo-familiar, en los tiempos presentes, se les estima absolutamente primordial, pues parece ser ésta, aspecto insustituible a plenitud, sobre todo cuando intenta ser procurada por personas o instituciones supletorias extrañas y distintas a ella.
Dentro del tema, del afecto humano, nada resulta comparable en satisfacciones, al que produce una familia bien constituida. El simple conocimiento psicológico de que ella existe, de que existe aquél lugar cálido en el que se encuentra y se da comprensión, solidaridad, apoyo, en el que se comparte la vida con todas sus vicisitudes, en suma, la certeza de la existencia de tal familia, convierte al hogar en algo insustituible.
En sentido contrario, y cual clarinada de alerta, desde hace buen tiempo, las teorías de criminología juvenil, sentencian que la ausencia de afecto de los padres hacia los hijos, es causa que provoca buena parte de la defección de los niños y los jóvenes en la vida en sociedad.
Empero, la familia peruana atraviesa una de sus más grandes crisis. Hace sólo unos meses, los jóvenes del Perú, eran cuestionados a propósito de "la mejor situación experimentada en su vida", e impactantemente al responder, después de desechar su tan marcado anhelo por forjarse en el estudio y más, el 51% exclamó a secas: "tener mi familia completa".
Legítimo anhelo natural de todo hijo. Infortunadamente esto no es así. En el II Congreso Nacional de Familia realizado por la Conferencia Episcopal Peruana, los técnicos repetían con alarma una cifra ciertamente aterradora: ya no el 50%, sino casi el 60% de los hijos en este país tienen carácter extramatrimonial.
Entonces es más fácil comprender, por qué los jóvenes peruanos -a nivel nacional- encuestados hace algunos meses, aceptan sólo en un 12% que su padre es la persona más importante en su vida", y que la madre no alcanza este digno reconocimiento de sus hijos ni en el 50% de los casos.
Terrible cita textual la que hallamos en "Los Jóvenes del Perú": "... en algunas zonas del ande los misioneros evitan hablar de Dios Padre, y prefieren hablar de Dios Amigo o de Dios Hijo, porque el término 'padre' está mellado...".
Y es que la desarticulación de afectos al interior de la familia peruana atraviesa una terrible crisis. La misma encuesta dirigida a los jóvenes -a nivel nacional- refleja con dureza cómo el hijo ante un problema serio sólo recurre a la madre en un 20% de casos, y al padre apenas si en 12% de oportunidades; y la relación entre la hija y el padre se torna decididamente dramática, cuando advertimos que en la indicada circunstancia, la hija mujer sólo tiene presente a su padre en un 4% de ocasiones y establece puentes de diálogo con su madre en un 36% de casos.
La crisis de la familia en el Perú, aspecto medular, tiene múltiples etiologías, que comprometen variables de diversa índole, pero que al final concluyen en un punto común que es la crisis de la educación.
En el Perú nuestra historia nos lo demuestra hasta la sociedad. Los principios materialistas propios de una sociedad como la nuestra, orientan la educación hacia la conquista permanente de status, hacia un individualismo intolerable, hacia el placer por el placer, hacia un egoísmo salvaje, que ha destrozado al matrimonio reduciendo sus obligaciones y sus deberes hasta la nulidad, al punto de que -permítaseme decirlo con todo respeto pero con igual firmeza- resulta entre nosotros "modelo de hombre" a seguir, aquel que parapetado detrás de la traición, malhadamente ultraja, burla y ultima los deberes esenciales para con su hogar, su esposa y sus propios hijos.
He ahí parte del drama del hombre peruano, y buena parte de nuestra tragedia, pero también de la tragedia del matrimonio y de la familia en el Perú. Porque en efecto, más allá de las palabras y de las declaraciones, en efecto, la familia es la sociedad natural y primera, anterior a cualquier otra sociedad, anterior al Estado; y es sólo posible edificar, sobre un matrimonio firme, una familia sólida y una sociedad sana y en orden.
Y a esta conclusión, comienzan a arribar ya, precipitadamente, países que han creído bien medir su desarrollo sólo en términos de capital y dinero. En los Estados Unidos de Norteamérica, en donde se estiman más de un millón los divorcios al año, en donde la mitad de las parejas que contraen matrimonio terminan en divorcio, y en donde el 60% de los niños pasan parte de su niñez en familias incompletas, hace unos días el New York Times y la revista The Economist, editorializaban sobre la gravedad de la crisis de la familia, sobre el creciente número de madres solteras, sobre la inmensurable cifra de hijos sin padre, y la terrible repercusión que ello tiene para la posibilidad de un destino de paz en los Estados Unidos. Y hace sólo unos días, Charles Murray, el columnista norteamericano del prestigioso Wall Street Journal, clama, invoca y reclama en pleno editorial del Journal, para que en los mismos Estados Unidos "se asuma el drama de la familia como el problema social más importante de nuestro tiempo, incluso por encima del crimen, las drogas, la pobreza, el analfabetismo, la asistencia social o los impuestos, porque de dicho drama -dice- surge todo lo demás".
Por ello, se hace importante, señores, construir la civilización del amor. Porque el amor es la base del matrimonio, pero fundamentalmente, y por encima de todo, el amor es la auténtica respuesta al problema de la existencia humana.
Y sobre este tema del amor, y su repercusión profunda en el ámbito de la institución del matrimonio, permítanme ocuparme ante ustedes, muy brevemente.
Centremos entonces ahora nuestra atención en el tema del matrimonio. Una, quizás, de las principales dificultades que ofrece la comprensión del matrimonio monogámico, es el referido a su propia identidad. ¿Cómo saber, en verdad, conjugar dos términos que aparecen paradójicos ante nuestros ojos: los cónyuges son dos, pero al mismo tiempo uno? ¿Cómo conjugar, en definitiva, sin caer en extremismos, la dualidad matrimonial con la unidad matrimonial?
Pues en verdad, los cónyuges aun siendo dos, forman una unidad.
Se trata, de que el matrimonio monogámico comprende, de un lado la unión de los cuerpos, pero de otro, y tanto o bastante más importante que la primera, la unión de las almas.
Y es que unidos los cuerpos y los espíritus, los esposos forman, ¡qué duda! la unión más trascendental que en el plano natural pueden producir dos seres humanos. Ocurre que por ella se pertenecen mutuamente, forman en efecto una unidad, de modo que cada uno de ellos es parte del otro.
Pero el matrimonio, y entiéndase claro, no es sólo el lecho del placer, sino, y fundamentalmente la institución del deber. Por él, se produce la integración moral y social válida y responsable de un varón y una mujer. Porque el matrimonio, importa la libre donación de uno mismo a otra persona, a la que se dice amar a plenitud.
El matrimonio en sí, es la unión del varón y de la mujer, en la virilidad de uno y en la femineidad de la otra. Hacerse una sola carne, supone una relación de comunidad, pero dicha comunidad lleva consigo obviamente una participación, es decir algo que se hace común, y que supone en la base misma de esa comunidad, un principio trascendental de solidaridad.
Por el principio de comunidad, los cónyuges quedan no sólo unidos, sino que tal unión supone la mutua y común participación en lo que atañe a la estructura natural del varón y de la mujer, y de su desenvolvimiento como tales. Mas esta participación, no significa propiedad ni ningún derecho subjetivo estudiado por los privatistas; significa, más bien, la radical comunicación de dos personas en cuya virtud quedan integradas las diferencias de género, en una mutua relación, de tal forma que el varón y la mujer, se comunican -hacen común- su virilidad y su femineidad humana y espiritual.
Pero la comunidad matrimonial, lleva intrínseca dentro de sí, invívita, la existencia de la solidaridad entre ambos. Esto es, que los intereses y finalidades de cada cónyuge, así como la obtención de los fines que por ley natural le vienen a la unión, son a la vez, intereses y finalidades del otro cónyuge.
Y ello encuentra su final fundamento en la hondura del amor conyugal. En el amor matrimonial, la dimensión moral de la alteridad, del amor al otro, permanece en tanto que el esposo es ciertamente el otro, pero se enriquece por cuanto la alteridad -la condición de otro-, queda matizada por la condición de prolongación de uno mismo. En buena cuenta, es este el ideal, el anhelo filosófico más importante, en esta hermosa realidad llena de ilusión que se llama matrimonio.
La atracción entre varón y mujer, cuando no es simple amor fornicáreo, sino el verdadero amor conyugal, no sea, en su última radicalidad, atracción respecto de un acto, sino atracción respecto de la calidad de la entera persona del otro, y que comporta el deseo de la comunidad de vida, esa comunidad de vida que afecta a la intimidad de la persona, es entonces cuando apunta hacia la unidad del destino conyugal.
Porque contra este destino de unidad conyugal, atenta en el mundo de hoy, el concepto falsificado del amor. A la falsificación del amor, contribuye la mera sexualidad, el sentimiento estéril, las ventajas obtenidas a partir de la mentira. Hay también quienes lo confunden con prevalencia económica, otros con la mera belleza física, y en otras circunstancias con status especiales, con excentricidades, y más.
¡No! el amor verdadero se complace en el bien de la persona amada, quiere para ésta lo mejor, aun a costa de uno mismo.
Empero, nada de lo dicho autorice a restringir la dimensión del amor al solitario aunque dominante tema de lo espiritual. Porque, también existe un nivel biológico. Nadie debe entender que el sexo es algo netamente animal, que sólo debe ser tratado desde el punto de vista exclusivamente instintivo.
El amor y el sexo, nadie debe dudar de que se trata de dones distintos, e inclusive pertenecientes a diferentes campos de investigación: el sexo al dominio de la bioquímica y la fisiología; y el amor al dominio de la psicología de las emociones.
Más aún, quede claro que el sexo es un impulso en la búsqueda del placer carnal; en tanto el amor, es mucho más que un deseo, y propende a la alegría y a la felicidad del ser. El mero sexo, el sexo en sí, es completamente egoísta y busca la autosatisfacción; empero, el amor en ningún caso puede marcar el egoísmo del sexo, pues entonces no sería amor. En tanto que la culminación de la satisfacción sexual es el orgasmo, la realización cumbre del amor es la felicidad; y mientras que el instinto sexual nos aventura a un interés apasionado por otro cuerpo, el amor con su propia dimensión, y mucho más allá, constituye un apasionado interés por la personalidad de otra persona, por su vida entera.
Por ello, resulta indispensable ver en la sexualidad, una realidad altamente positiva, pero íntimamente ligada a la efectividad, puesto que aliados -sexo y afecto- emprenden una infatigable búsqueda de unión en las bases mismas de la soledad tantas veces casi radical del ser humano.
Necesario se hace admitir, dentro de la más sana teoría matrimonial, que el impulso sexual es una fuerza saludable y totalizante, que conduce al ser humano a una realización profunda de su personalidad y de su potencia en la capacidad infinita de amar.
Pero el amor, la fuente de la felicidad de todo hombre, es algo distinto al placer. El fin básico que orienta y da sentido a la sexualidad humana es el amor. El sentir y expresar amor es la aspiración fundamental de todo hombre y de toda mujer. Esto impone la convicción, de que la auténtica educación de la sexualidad, es potenciar la capacidad de amar. Amar a alguien que nos pueda corresponder, es decir por quien se sienta uno también amado, porque si falta tal reciprocidad se lastima el amor, se resquebraja éste, y sus cimientos tambalean. Ser hombre, quiere decir dar y recibir, amar y ser amado.
Con el código en la mano, pero sin sujeción a una escala de valores genuinos, la tarea de edificar una familia es una lotería. El matrimonio; un salto en el vacío. Sin diálogo y buena voluntad, no hay matrimonio en la dimensión de lo vital, aunque lo hay intachable, en las actas del registro civil. Sin autoridad racionalmente ejercida, fundada en el amor sin debilidades, en la firmeza sin despotismo, en la comprensión sin renuncias; sin respeto a la persona irrepetible que hay en cada uno de los miembros de la familia, incluso el simplemente concebido; sin tolerancia mutua en el trato diario; sin vocación de entrega y espíritu de sacrificio en bien de los demás; sin esto, el matrimonio y la familia naufragan. No hay código capaz de evitarlo, ni sentencia judicial que lo impida. La ley no puede salvar un matrimonio que los cónyuges parecen empeñados en hacer fracasar, ni mantener a flote una familia que sus propios integrantes se esfuerzan en hundir.
Porque amar es compartir: las alegrías y las penas, y no sólo el pan de cada día. Tanto si se es rico como si se es pobre. Entre los esposos que se aman no hay tuyo ni mío, lo que importa es el bien común. Compartir en las almas y en los cuerpos. Amar es ayudarse para crecer en espíritu y en entendimiento. Es elogiar sinceramente, prontamente y muchas veces. Es estar siempre disponible. Construir algo tan difícil y tan frágil como un buen matrimonio es algo que lleva tiempo. Amar es no hacerse zancadillas; no hurgar en el almacén de las faltas del otro. Es decir con obras lo mucho que se aprecia al otro. Es ponerse en su lugar. Es, no competir, sino colaborar.
El amor verdadero comporta una unidad de destinos. Importa la participación en la suerte del otro; un compartir su historia personal. Unidos en su naturaleza, los esposos son consortes, comparten la misma suerte, en la vida, en su historia, en el destino.
Una o tantas pueden ser las causas desencadenantes del amor entre un varón y una mujer. Pero una vez contraído el matrimonio, esos motivos, han de pasar a segundo plano, porque de verdad el motivo radical del amor al cónyuge, es precisamente el ser cónyuge de uno; el ser una misma carne con uno, el ser una parte o la prolongación de mi propia existencia.
Del mismo modo que nos amamos a nosotros mismos, no por nuestras cualidades, no por nuestra fortuna, no por nuestro físico o por cualquier otra causa, sino por el escueto y radical motivo de ser nosotros mismos, del mismo modo, el motivo de amor al otro cónyuge no son sus cualidades, no es su fortuna, no es su belleza física u otra causa cualquiera, sino el escueto, radical, pero monumental motivo de ser el cónyuge de uno mismo.
Y si antes de contraer matrimonio -ha escrito Hoëffner- es lógico y natural decir: "me caso contigo porque te quiero", una vez contraído el matrimonio, el verdadero amor conyugal, exclama: " te quiero porque te has casado conmigo".